Columnistas

Dios perverso

El proyecto de yihad violenta de una minoría musulmana pareciera justificar nuestra incomprensión del islam auténtico. Al contrario: nos incita a releer también con inteligencia la tradición cristiana. En la biblia judía – que los cristianos llaman el antiguo testamento – hay ciertos episodios dramáticos, escritos al rojo vivo. Por ej., se nos cuenta que el primer rey de Israel, Saúl, desobedeció la orden de Dios de matar a todos los amalecitas (“Anda a acabar con todos esos pecadores; ¡hasta que no quede ninguno!”), incluyendo a mujeres, niños, ancianos. No cumplió Saúl… y Dios, descontento, le quitó el poder.
O este otro episodio, en el que Dios confía a Abraham su intención de matar (¡otra vez!) a todos los habitantes de Sodoma. “¿Cómo va a ser, Señor?”, le contesta en sustancia Abraham. “Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad”. “Caramba”, opina Dios… Él no había pensado en esto. Dubitativo, se rasca la cabeza el Todopoderoso… y Abraham inicia entonces una magnífica negociación: “Si son cuarenta, si son treinta, veinte… o diez solamente: ¿vas a matar a tantos justos con los pecadores?”. No, Dios no había pensado en esta posibilidad; pero educado por la compasión de Abraham, accede al perdón… Para nada, porque se verifica que no hay ni diez justos… y Dios cumple su promesa de echarle fuego a la ciudad. Pero, ¿habrase visto? Abraham se manifiesta más compasivo que el Creador divino.
En la biblia antigua, el “Dios de los ejércitos”, el Dios “que ejerce venganza entre los pueblos y da a las naciones el castigo”, no tiene muy buena figura. Ese “Dios perverso” – título de una importante obra de teología – provoca más bien comulgar con sus enemigos. Desde el siglo II cristiano, tal fue la tesis: romper la “solidaridad” entre el Dios de Abraham y el Dios de Jesucristo. Como si se tratara de “dioses” distintos.
Con razón fue rechazada esa tesis. El Dios de creación y compasión no es un Dios cambiante y versátil. Quien lo ve así es el hombre: él mismo, versátil y cambiante a lo largo de su propia historia de fe. El antiguo testamento no es una historia de Dios, sino del hombre. Historia de la comprensión humana y de su fe, frágil y vacilante. La Iglesia Católica dice con razón que la biblia es “palabra de Dios”; ¡cien por ciento! Pero frecuentemente se le olvida afirmar, a la vez, que ese mismísimo libro es también, cien por ciento, palabra humana. Historia de una comprensión humana. Inconstante. Contradictoria. Cambiante. Y en especial, cuánto no le ha costado al hombre entender que en Dios vence la compasión, y el amor al enfermo.

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