Puerto La Cruz, domingo 19 de mayo de 2013
Cuando bajaron los cerros
27.07.2012 08:10 AM La época de gloria de la comedia venezolana tuvo su cénit entre los años 1924 y 1926, según se documenta en el ensayo Tiempo, espacio y humor del sainete
Desde Caracas.- La primera vez que bajaron los cerros caraqueños fue cuando se instauró la tradición teatral del lunes popular. Entonces las salas se llenaban de espectadores que pagaban un real por la entrada y contemplaban con deleite el humor y la picardía de los primeros sainetes: piezas ingeniosas escritas para competir, de manera desigual, con los montajes organizados por las grandes compañías extranjeras de dramaturgia invitadas a la ciudad de Caracas.
La época de gloria de la comedia venezolana tuvo su cénit entre los años 1924 y 1926, según se documenta en el ensayo “Tiempo, espacio y humor del sainete”. Allí, en ese imprescindible texto de la historiografía cultural, Alba Lía Barrios nos relata: “Mientras el denominado teatro de prestigio gozaba de antemano de fama y sede asegurada en el Municipal o en el Nacional, el pobre teatro tosco construía con sus manos sus precarios escenarios o se acomodaba en las edificaciones menos ostentosas”.
Los jóvenes saineteros (Leoncio Martínez, Francisco Pimentel, Leopoldo Ayala Michelena y Antonio Saavedra) tenían en la redacción de la revista humorística “Fantoches” su cuartel general. Las restricciones impuestas por la dictadura gomecista desaconsejaban el cultivo directo de la sátira política. Las críticas y los comentarios mordaces se diluían en las lejanas alusiones desarrolladas por los autores comprometidos con los valores de la democracia y la libertad de expresión.
En palabras de la historiadora Barrios: “Los grandes ojos y orejas de la dictadura obligaban a evitar el texto transgresor, a bajar la voz en las esquinas, a doblar el sentido de la frase, a la reticencia elocuente. Lo más valioso del sainete se hizo en la representación; no frente al auditorio, sino con él. Allí hay que imaginar al humor disparando sus dardos fuera de escena, un poco al estilo de quien tira la piedra y esconde la mano, pues otra cosa no podía hacerse sin arriesgar el pellejo. No son pocas las anécdotas que se refieren a las insinuaciones políticas de morcillas (improvisaciones) y gestos. La denuncia social no estuvo excluida del sainete como experiencia; cautela, sí, mas no indiferencia por el drama social y la represión política”.
El sainete más taquillero se estrenó en 1939 y fue escrito por Rafael Guinand. “Si yo fuera candidato” capturó la atención del público gracias a sus diálogos de genuino humor popular; un humor que mezcla la chispa obscena de las connotaciones sexuales con los clásicos mecanismos de la comicidad: el malentendido, la torpeza de movimientos, las repeticiones y los juegos de palabras.
Entre los personajes que poblaron el universo ficticio y caricaturesco del sainete criollo destaca, por mucho, el “dotol Nigüín”, un tribuno de inflamada, aunque siempre errada, oratoria; tal como lo demuestra su famoso discurso ante el gremio médico: “Señores, la Midicina es una gran confabulación narvática que no puede vituperarse por el simple achatamiento de las ideas. El cuelpo del hombre es numismático, y la Midicina nos prueba que sería una quirupéltica duodal pretender que el hombre fuera un Mozambique”.
¡Métele Nigüín!

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