Puerto La Cruz, domingo 19 de mayo de 2013
Suciología de la guerra sucia
23.09.2012 05:20 AM A veces, casi siempre, llamamos guerra sucia nuestros errores, debilidades y metidas de pata. No queremos que los adversarios los exploten.
Desde Caracas.- El título de esta crónica lo pergeñé en los tiempos ascéticos de la Cuarta República. Ocurre que en la Quinta hemos vuelto a la imperfección espiritual, algo que el puntofijismo había superado, y de nuevo se ha empezado a hablar de “guerra sucia”.
Algunos expertos consideran que la frase misma es una redundancia, pues toda guerra sería, de suyo, mugrosa. Otros especialistas postulan un lugar común incontestable: “en la guerra y el amor todo es válido”, luego, nada es sucio, aunque no sea limpio, no sé.
La aséptica oposición venezolana, en la recta final de la campaña, habla de una supuesta “guerra sucia”. Mala señal. Luis Vicente León, director de Datanálisis, le ha dicho que todo lo que se use o a lo que se apele en una contienda electoral es válido.
El consejo no está demás, aunque en la Mesa de la Unidad Democrática conviven criaturas que hace rato pasaron la edad de la inocencia.
La salida al ruedo de David de Lima y su denuncia del paquete oculto ha sido refutada como “guerra sucia”. El cuestionamiento del diputado William Ojeda al “economicismo trasnochado” del programa de la MUD, formaría parte también de la mugre bélica.
La alarma frente al anticonstitucional paquetazo, expresada por el constituyente Hermann Escarrá, igual se inscribe en la inmundicia política. De aquel lado, por supuesto, todo es inmaculado y casto.
Aquí entramos en lo que, a falta de mejor precisión conceptual de las ciencias políticas, podemos denominar como “maniqueísmo de la talanquera”. Si el salto es de aquí para allá, el garrochista es un héroe.
Si el brinco es al revés, de allá para acá, su ejecutante es un traidor o un vendido. Así, De Lima, Ojeda y Escarrá se vendieron “por un puñado de dólares”, como se decía en el Far West.
En cambio, el gato Briceño y Henry Falcón serían héroes independentistas. En el plano espiritual, su parangón es San Francisco de Asís.
Una de estas tardes oía en la carretera un programa de mi amigo Vladimir Villegas. En las filas del proceso bolivariano fue constituyente, subsecretario de la Asamblea Nacional, embajador en las más fuertes representaciones diplomáticas de América Latina (Brasil y México), vicecanciller de la República y presidente de Venezolana de Televisión.
Tal fue la confianza que en él depositó el presidente Hugo Chávez. Una buena tarde decidió cambiar de acera y cruzó la calle. Está bien. Pero esa tarde que lo oía por radio, dijo que lo que hizo mi también amigo William Ojeda, era “una puñalada trapera” a la oposición. No sé.
A veces, casi siempre, llamamos “guerra sucia” nuestros errores, debilidades y metidas de pata. No queremos que los adversarios los exploten.
Aunque si ellos incurren en los mismos, no los perdonamos. ¿A quién se le ocurrió ese Capriles de cartón en la fiesta aniversario de Acción Democrática? ¿Es guerra sucia la grabación que compromete a un joven diputado de Primero Justicia? Cuando un opositor se pasa al chavismo, es un perro atraído con un hueso.
Cuando un chavista se va a la oposición, es un perseguido, o dicho con finura de ONG, un disidente. Muchos creen que Maquiavelo inventó la guerra sucia. No es cierto. La inventan cada día los mismos que la denuncian.

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