Puerto La Cruz, domingo 19 de mayo de 2013
Por poeta y jalabo
06.07.2012 10:09 AM Todos los que han jefaturado regímenes de oprobio e ignominia en Venezuela han tenido insectos rastreros a su lado; reptiles de la política dispuestos siempre a lamer suelas
Recuerdo aquel episodio protagonizado por el oriundo de Vigo-España, cuando el “bolívar este” –hoy enfermito- le inquirió sobre los planes de vivienda, y el inefable y multidisciplinario funcionario dio por respuesta: "Presidente, con los planes que usted está anunciando y gracias a su conducción no tengo dudas que vamos por buen camino y el problema será superado en 15 años". Queda claro, así demostró Farruco Sesto en la 5°, que sabe jalar.
Aunque perdamos la capacidad de asombro con la abundante adulancia de la que hacen gala los seguidores de la revolución roja rojita y de su líder máximo, conviene registrar los eventos de la jaladera, esos que no dejan cataplines sanos, y ellos se estampan las huellas de tantos desvergonzados que venden la dignidad por un plato de lentejas.
Estamos en la época escrotocrática del siglo XXI.
La adulancia no es nueva; de ella han disfrutado muchos dictadores venezolanos: Los hermanos Monagas, Antonio Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. De modo que todos los que han jefaturado regímenes de oprobio e ignominia en Venezuela han tenido insectos rastreros a su lado; reptiles de la política dispuestos siempre a lamer suelas; bichitos rojos rojitos (en algunos casos con pasado verde verdecito) imbéciles y oportunistas que no dudan un instante, ni desperdician ocasión para jalar. Miserable papelito en esta obra de la escena nacional.
Jalar es término admitido por el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) como sinónimo coloquial de halar. Nosotros lo usamos con sentido peyorativo para señalar a los adulantes a quienes llamamos, limpio y pelado, jalabo... La adulancia ha existido en toda la historia de la humanidad siempre asociada a lo perverso.
El DRAE, que no registra adulante, define adular como "halagar a alguien servilmente para ganar su voluntad". Pero el pueblo, de todo el planeta, le aplica al adulador una amplia gama de calificativos que conforman un género aparte del lenguaje coloquial, que había recogido el DRAE anterior: Chupamedias, jalamecate, lame...., rastrero, lamesuelas, y el confianzudo jaleti, son algunos, pero en Venezuela preferimos jalabo..., que hasta "granja" tienen: La Granja Ladera.
Cuentan que un tal Vidaurre, intendente de Lima, se postraba en cuatro patas para que Bolívar pudiera subirse al alazán árabe que le había obsequiado la municipalidad. Cuando José Tadeo Monagas preguntaba la hora, tenía cerca un adulante que le respondía:
- "La que usted quiera que sea mi general"
Un ministro al que Guzmán Blanco despidió a insultos gritados, en público, respondió, cuando iba saliendo en estampida del despacho presidencial:
-"Hasta en lo malcriado te pareces al Libertador".
Guzmán, al que le gustaba que lo compararan con Bolívar, lo perdonó.
Otro le dijo al chaparrito Cipriano Castro:
-"Mi general, los hombres de verdad se miden de las cejas hacia arriba".
Y como el "mono lúbrico" tenía la frente empatada con las espaldas, se sintió en las nubes.
Como en una competencia –en este caso indigna y vergonzosa- participan a ver quién en su afán de reconocimiento e indiscutible y denigrante arrebato enloquecido, demuestra que es capaz de degradarse más.
La más elocuente conducta de rastrera adulación lo hace acreedor de un premio, que habrá de crearse y denominarse en consulta al soberano mismo que eligió “al mejor poeta de Venezuela.”
Habrá premio para el mejor vate y para el adulante mejor.
Vale recordar ahora la anécdota atribuida a Diógenes el Cínico: al parecer, un filósofo mediocre que vivía a la sombra de un príncipe, encontró al grande Diógenes preparando lentejas para comer y le dijo: Diógenes, si vivieras en la corte no necesitarías preparar lentejas para alimentarte. A lo que Diógenes le respondió: Y si tú supieras preparar lentejas no tendrías de necesidad de adular un príncipe para vivir.
Qué duda cabe, para ser jalabo... hay que ser corrupto o mediocre o en caso extremo, ambas cosas.

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