Puerto La Cruz, jueves 23 de mayo de 2013
Tiempos de hipocresía
08.03.2013 05:05 AM Es asombroso escuchar como la mayoría de la gente cuando describen sus valores más preciados, sobre todo, cuando los reclaman para los demás
La hipocresía nos inunda con sus redes de soberbia y absoluta vanidad, nos muestra la auténtica cara del mundo actual, de decadencia, de absoluta falta de madurez del hombre que cambia la espontaneidad por la falsedad, configurando la más cruel actitud de un ser humano ante otro.
En el fondo encierra falta absoluta de confianza en sí mismo, incapacidad para usar instrumentos lícitos y adecuados para conseguir objetivos, es el método común de hombres y mujeres que sólo aspiran a ser alguien, para ser vistos y nombrados, absurdos e insulsos, inútiles y carentes de valores, el discurso del todo vale se impone a la sencillez, a la humildad y a la bondad.
La hipocresía nos rodea con sus tentáculos de ambición, de poder y de dominio. Nos cuenta mentiras para anular nuestra opinión, para defender su indefendible discurso, para creerse invencible en una guerra de perdedores, en una batalla sin enemigos, donde los contrincantes sólo se derrotan a sí mismos, engañándose a diario, con mentiras que no llevan a ningún destino, donde el más tonto se atreve a inventar, donde hasta los inteligentes se apuntan en su uso como norma de comportamiento rutinario, al final se ha convertido en una forma de ser.
Es asombroso escuchar como la mayoría de la gente cuando describen sus valores más preciados, sobre todo, cuando los reclaman para los demás, entre los más valorados están la naturalidad y la sinceridad, pero si algún osado se atreve a mostrar un vestigio de estas virtudes, el entorno le cae encima, criticándolo, atacándolo y claramente apaleándolo, bien porque nadie le crea o bien porque al no tener malicia se presenta como presa fácil de tratar y eliminar. “Odio la mentira”, es una de esas sentencias que escuchamos muy a menudo, es mediante este discurso habitual que se enfatiza la contradicción sobre lo que realmente piensa y vive la gran mayoría; “odio la mentira pero convivo con ella, la uso a diario y me burlo del que no la sabe utilizar”, predicamos valores que nunca ponemos en marcha y de allí es que la funcionalidad de la hipocresía se hace más evidente.
Ser sincero no es lo que más atrae, en principio, porque la gran mayoría no pone empeño en defender tal valor; muy al contrario, se lanzan de cabeza a lo pragmático desechando claramente el valor de la credibilidad, dando uso a la hipocresía en los momentos en que menos uno lo imagina.
A la sinceridad se le debería dar la importancia que tiene, la desventaja de la sinceridad reside en que hay que demostrarla, ya nadie la espera como algo natural y espontáneo, hay inversión de valores: se tiende a sobrevalorar lo que verdaderamente no es importante, es decir, las palabras, a punta de palabras se cree que se gana a la gente, que engañarla es fácil, que decir lo que suena bien y lo que les gusta escuchar es suficiente para lograr la aceptación de la mayoría, de la sonrisa cómplice, de que vamos a caer bien, y eso parece lo único importante: las apariencias, “lo políticamente correcto” es concepto tantas veces usado, invento tal vez de Maquiavelo, quien un día creyó que ese término podría excusar cualquier comportamiento falso o engañoso.
Los hipócritas están muy bien personificados en la Biblia en la figura de los escribas y fariseos en Mateo capítulo 23.

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