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ALÈTHEIA. / ¡Usted decide!

Comencé a trabajar en Chrysler de Venezuela en el año 1965. Era una planta en Los Cortijos de Lourdes, en Caracas, que fue mudada en 1968 a una modernísima instalación, con todas las comodidades en Valencia. En esa planta se ensamblaban entre 15 y 20 mil vehículos cada año. En total el país ensamblaba todos los vehículos que necesitaba, unos cien mil al año. Casi no existían importaciones debido a los altísimos impuestos y la industria automotriz se había beneficiado ampliamente por un decreto del gobierno de Betancourt de 1963, que obligaba a las ensambladoras a incorporar un porcentaje creciente, año tras año, de piezas y partes producidas en el país. Esto, lejos de suponer un costo adicional para las ensambladoras, terminó siendo una ventaja ya que las partes hechas en el país resultaban más económicas que las importadas. El INCE, por su parte, producía excelentes mecánicos y electricistas automotrices, por lo que las ensambladoras contribuían complacidas con esa institución donando motores, cajas de cambio y, en ocasiones, hasta vehículos completos. Eso fue hace 50 años. Hoy, gracias a estos delincuentes disfrazados de “socialistas“, Venezuela tiene que importar los vehículos que necesita y la industria automotriz está de retirada. Decenas de miles de empleos perdidos.
No otra cosa puede esperarse de una dictadura onanista, fantasiosa y maligna. Este es el único país del mundo donde hasta el efectivo se vende. Y no crea usted que se trata de simple incapacidad. No. Todo esto forma parte de un plan pérfidamente diseñado para doblegarnos y someternos a la bota cubanoide. Un plan que consiste en obligarnos a depender del gobierno para continuar viviendo. Se nos obliga a rogarle al régimen para que nos dé medicinas, alimentos, vivienda y prácticamente todos los servicios que necesitamos para subsistir: agua, luz, comunicaciones, transporte y seguridad. Es el diseño que les permitió a los Castro permanecer en el poder por 60 años y los que faltan: “¡Al que no le guste, que se vaya!!”
Y así, los que se han ido, buscan la manera de ayudar a los que no pudieron o no quisieron irse y esas pocas divisas que mandan, permiten que subsista en una economía rudimentaria y primitiva. Y con ese telón de fondo se inventan una mascarada de elecciones que ya todo el mundo sabe que solo son una farsa. Los teóricos de la política nos dicen que no debemos dejar puerta sin tocar: diálogo, negociación, elecciones, etc. Y es forzoso reconocer que la oposición ha intentado recorrer todos los caminos y tocar todas las puertas. Sólo hemos encontrado puertas cerradas y callejones sin salida. Mientras, desde el gobierno, como si fuera un mantra, vuelven a repetir esa cifra de los 10 millones de votos, como si quisieran sacudirse el tenebroso fracaso de Fidel en recolectar 10 millones de toneladas de caña de azúcar. ¿Recuerdan el famoso discurso del 27 de octubre de 1969? Búsquenlo. Un año después, al verse obligado a reconocer el fracaso, el mismo Fidel, como buen ilusionista, transformó la derrota en un triunfo en su discurso del 26 de julio de 1970…¡Y lo siguieron aplaudiendo! Los cubanos, hipnotizados, siguieron creyendo en la victoria de una revolución que solo les trajo hambre y miseria. La misma que hoy nos quieren imponer en Venezuela, 40 años después, a punta de balas, gases, amenazas y votos trucados.
Las elecciones propuestas para el 22 de abril no son sino una nueva ilusión farsante. Una nueva puesta en escena de un truco de ilusionistas para engañar a pendejos. No habrá tales elecciones, Apenas una mala imitación de comicios, donde ya se sabe de antemano quién va a ganar. O como alguien dijera por allí, ya Tibi tiene los resultados antes de que vayamos a votar, solo falta que se cierren las mesas para anunciarlos. O sea. Nos piden elegir cómo queremos morir: en la horca o en el paredón. ¡Usted decide!

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