Columnistas

Boulevard Miguel Guilarte

Las lágrimas más sentidas son las que se derraman en silencio y en solitario porque duelen en el corazón y empañan el alma. En muy poco tiempo he perdido familiares y amigos, algunos dejaron su recuerdo en los pasillos de los aeropuertos y de los terminales de transporte terrestre. Otros en los fúnebres salones de las capillas velatorias. En todos los casos he preferido quedarme con su imagen alegre de cuando compartían conmigo sus vivencias, sus emociones, sus angustias y sus alegrías. Tal preferencia no es muy social, lo comprendo.

Pero, a fin de cuentas, aunque alguien pudiera afirmar lo contrario, la verdad es que tampoco soy muy inclinado a participar de las llamadas “buenas costumbres sociales”. Me inclino por un cierto aislamiento aunque eso me cueste ser tildado de ermitaño. En mi círculo íntimo hay veces en que me reclaman mi constante olvido de fechas especiales como aniversarios, cumpleaños, etc.

En realidad he ido desarrollando una cierta alergia a este tema de las fechas. Los “días de…” (anote usted allí: la madre, el padre, el niño, navidad, año nuevo, la patria y la larga lista que inunda nuestros calendarios) no revisten para mi mayor significado. Pero tampoco los execro ni querría eliminarlos. Entiendo que ese instinto gregario que nos une a los seres humanos es importante y esas fechas especiales son un motivo de regocijo compartido.

Afortunadamente para mi, hubo dos personas que me ayudaron un poco a suavizar tal conducta con oportunos recordatorios. Una fue mi mamá, Esperanza, “Doña Espe” como la llamábamos un tanto en broma. Siempre estaba atenta a todas esas fechas y llamaba por teléfono con la admonición: “Acuérdate de llamar a fulano (a) que está cumpliendo años…” Cuando decidió marcharse de este mundo, me sentí desolado, pero al tiempo surgió un amigo que también llevaba una agenda especial: Miguel Guilarte.

Recién llegado a estas tierras orientales, a comienzos de los 80, me instalé en un apartamento en Lechería. Puntualmente a las 6:30 am salía de allí rumbo a mi oficina en Barcelona y veía a un sujeto parado en la esquina de la bomba de la Av. Bolívar. Era un tipo flaco, con una barbita y lentes que llevaba en la mano un pequeño maletín de cuero. El primer día no hice caso, pero al verlo por segunda vez me detuve para ofrecerle la cola. Iba hacia su primer trabajo en esta zona, en una estación de radio de Barcelona y también estaba recién llegado. A partir de ese día forjamos una íntima y mutuamente enriquecedora amistad que duraría hasta su muerte hace algunos días.

Compartimos entusiasmos por una tierra prometedora y bellísima. Al poco tiempo se instaló por el resto de sus días en aquellas Ondas Porteñas que dirigía Don Rafael Bellorín que hoy conocemos como “Unión Radio”. El timbre de su voz no era propiamente el de un locutor. Pero probaría que esa no es la característica fundamental del buen locutor. Disfrutamos a fondo todas las aventuras en las que nos zambullimos.

Junto al otro “motor” Miguel, Martínez de la Riva, me convenció de que sacara mi título de Locutor. Eso hice. Y de allí a montar un programa de radio entre los tres no hubo sino un paso. Nos sentamos un día en el estudio a buscar un nombre para el programa y todos hablábamos al mismo tiempo. Aquello no era un diálogo, sino un “Triálogo”, y así lo bautizamos. La propia “anti-radio”, pero el programa fue exitoso y duró poco más de un año.

Miguel, estoy convencido, hizo mucho más por Lechería, sus tradiciones, costumbres y anécdotas, que todos los Alcaldes juntos. Esto era y sigue siendo una “Aldea” como la bautizara. Por eso propongo que, aunque sea por una vez, honremos la memoria de nuestros personajes locales y cambiemos el nombre del Boulevard Lido (bautizado por Tarek como “Eneas Perdomo”) por el de Miguel, que de sobra lo merece: “Boulevard Miguel Guilarte”.

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