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No se llama justicia, se llama robar

Una cosa que me llamó la atención mientras viví por un breve período en Tenerife, Islas Canarias, era que prácticamente nadie tenía una nevera grande en su casa. Todas eran chiquitas. Tampoco los apartamentos contaban con espacios amplios de almacenamiento de víveres.

Es que no los necesitaban. No sé si siguen así, Pero hace poco mas de 40 años, la gente simplemente compraba sus alimentos diariamente. Y la razón para eso era simple y múltiple. En primer lugar, los precios se mantenían estables a lo largo del año. Si acaso, en temporada, bajaban. Por otra parte, era impensable que usted fuera al mercado, a la bodega, al abasto más cercano y no encontrara el producto que estaba buscando. Entonces ¿Para qué almacenar? Cuando indagué un poco descubrí que casi todo el mundo compraba sus víveres en la mañana o en la tarde y en cantidades muy reducidas.

La nevera solo se usaba para enfriar bebidas o mantener frescos algunos productos como el pescado.

Por aquella época las Islas Canarias comenzaban un impresionante desarrollo basado en el turismo. Lanzaron una agresiva campaña publicitaria dirigida, a los países europeos, particularmente a Francia, los países escandinavos y Alemania. Ofrecían Sol y playa los 360 días del año y prometían que la estadía, en los días que lloviera, sería gratuita.

Al mismo tiempo se concentraban en explotar sus extensos cultivos de plátanos y otros productos. Quienes a finales de los 70 y comienzos de los 80 apostaron al turismo en el archipiélago no se equivocaron. Hoy, una región con poco más de 2 Millones de habitantes, recibe unos 11 Millones de visitantes por año. La Universidad de la Laguna y la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, ofrecen los mejores cursos de turismo del mundo. ¡Qué envidia!

El pueblo canario, esforzado y trabajador como pocos, habitante de unas islas volcánicas, con muy poco terreno para cultivar y con una gran escasez de agua, fue también emigrante. Sus brazos y su talento sembraron los suelos de Cuba, República Dominicana, Uruguay y Venezuela, entre otros muchos. Con nuestro país establecieron una relación de hermandad que aún perdura. Ahora somos los venezolanos los que buscamos emigrar, huyendo del hambre y la opresión, y no son pocos los canarios que han debido retornar a sus Islas con el corazón en la garganta.

¿Qué hizo la diferencia? Simple. Sus distintos gobernantes y alcaldes apostaron por su terruño y supieron tomar decisiones hacia el futuro. Cuando se trataba de los intereses fundamentales de su pueblo, dejaron a un lado sus antagonismos y se apoyaron mutuamente. Ellos supieron tener paciencia y sabiduría de campesino: se siembran las semillas, pero hay que cuidar el cultivo. Eventualmente darán fruto pero no es obra de una sola vez, sino trabajo esforzado para toda una vida.

En Lanzarote pude ver como filas interminables de hombres y mujeres cavaban un huequito en las laderas de roca volcánica de sus colinas. Allí amontonaban un poco de tierra negra traída desde lejos. Sembraban una semilla de uvas y luego, primorosamente, construían un cerco de piedras alrededor del huequito para proteger la naciente matica de los vientos. Cada día acudían de nuevo a echarles un poco de agua (que también tenían que acarrear desde muy lejos), y así iban sembrando laderas y laderas de vides.

Al final, artesanalmente, producían un vino dulzón que envasaban en unas botijas de barro. Igual sucedía en Tenerife pero con menos penurias. De esas islas surgió el vino de Malvasía que conquistó a los ingleses. Hoy siguen exportando vinos a Europa y aunque no se cataloguen como los mejores del mundo, producen riqueza para sus habitantes. Porque la riqueza, para compartirla, primero hay que producirla. Y para eso hay que trabajar. Es una importante lección para aquellos que creen, como los rufianes que hoy nos mandan, que basta con regalar lo que otros han producido. Eso no se llama justicia, se llama robar.

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