Columnistas

¿Cuánto tiempo tenemos en esto?

Si somos realmente honestos, las pasiones políticas han terminado destruyendo nuestro espíritu, nuestra forma de ser, marcando diferencias tan profundas que parecieran no tener retorno… A tal punto, que nuestro día a día transcurre en una permanente acción de salvaguardar nuestras convicciones más preciadas, de resguardar nuestras ideas, de enfrentar amenazas constantes que terminan siendo cultivo de enemistades peligrosas que pueden, en cualquier arrebato, atentar contra nuestra propia integridad, pero, muy a ese pesar,  jamás logran que nuestro ímpetu vacile.

Y nos preguntamos ¿Podemos acaso guardar silencio, ser cómplices indiferentes sobre cuanto acontece a nuestro alrededor cuando con facilidad pasmosa pasamos del fraude a la violencia o de la amenaza al crimen? Por eso, con reconocido valor moral nos pronunciamos periódicamente entre las movedizas arenas de la opinión pública, sobre tantas y tantas cosas que nos preocupan, avivando debates con punzantes opiniones que terminan depurando necesariamente tanta carroña política.

Evoco entonces lo que dijera el pensador español el Marqués de Valdegamas, en 1857: “Sin el público debate que dirige a buen término los razonamientos y argumentos, carecería de sentido la verdad, el correctivo del error, y la luz y vida del mundo”.

Lo interesante es que veces, más difícil que afrontar el odio o la inquina concreta de un poderoso cualquiera, es exponernos de manera pública al cerco de malevolencia que siempre surge en tiempos de intemperancia y fanatismo, siendo éste el precio que pagamos por mantener con fidelidad nuestro propio ideario, y que, en el 99% de los casos asumimos solos y aislados, porque resulta que esta forma es mucho más sana y digna que acogernos a las complicidades que siempre encuentran los sectarios, porque no está en nuestra esencia ponerle precio a nuestra dignidad y a los tantos buenos principios y valores adquiridos a lo largo de nuestra vida.

Y es en estos aciagos momentos de crasa inmoralidad cuando incurro en el pecado del conteo…

¿Cuánto tiempo tenemos en esto? ¿Cuánto tiempo más durará? Pienso entonces que son muchos, demasiados, los días, meses y años que venimos acumulando sacudones tan llenos de calamidades y ruinas que nada bueno han traído a nuestro suelo patrio, siendo sorprendente que dicho proceder pareciera venir con un manual de instrucciones lleno de errores, omisiones y perversidad, sin importar que tales elementos sean totalmente opuestos al deber ser, a las buenas costumbres y a la lógica, porque quienes se han erigido como adalides han preferido optar por el anatema de la razón y la excomunión del buen sentido.

Creo entonces que ya es tiempo de execrar tanta conmoción puramente personalista, que a fin de cuentas ha beneficiado solo a unos pocos “colorados”  ubicados estratégicamente a lo largo de estos 20 años, en detrimento de millones y millones de coterráneos.

Creo que ya es tiempo de acabar con el fantasma de los guiñapos, con el sistema pernicioso de las “concesiones” a los amiguitos, con la complicidad a compatriotas amorales.

Creo que ya es tiempo que las cosas cambien, porque “conceder” es abdicar… Porque “conceder” es despojarnos de lo propio. Por eso, antes de abdicar y despojarnos, es perentorio y necesario seguir y seguir empujando los cambios, porque rendirnos no es opción.

Así de simple.

Lechería

Share This:

Comentarios

  

Publicidad

Do NOT follow this link or you will be banned from the site!