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Sólo Dios lo sabe

No, ciertamente no me siento bien. Me siento atacado, golpeado, humillado, entrampado, envilecido y atontado por lo que me toca vivir a diario. Claro que uno echa mano de cuanto recurso de paciencia y racionamiento positivo que esté al alcance. Pero eso solo alcanza a ayudarnos un poco a sobrevivir. A superar el día. Pero quienes, como este escribidor, acostumbran a planear con anticipación su vida, la incertidumbre resulta un cruel obstáculo. Es que no hay manera de anticipar nada.

En este reino de sorpresas no se puede ni siquiera preparar un menú de comidas para el día siguiente. Los afortunados que cuentan con el dinero necesario posiblemente no puedan encontrar lo que buscan. Y la mayoría de nosotros nos sometemos al shock de descubrir los nuevos precios de los alimentos de un día al otro. Otro tanto sucede con el transporte, los repuestos, los insumos para los vehículos, las medicinas y pare de contar.

Todo eso ya lo sabemos y lo sufrimos. El que mas y el que menos, padece la insufrible variación de precios bajo una hiperinflación que ya es la mayor del mundo y de la historia. Ese es el más cruel de los impuestos sobre una población. Los aumentos de salarios y los bonos que el gobierno reparte, como si fueran aquellos caramelos de Carnaval en otras épocas, se esfuman entre los temblorosos dedos de quienes los reciben.

Ya se sabe que esto no es la consecuencia de unos gobernantes torpes, incapaces e ineptos. Es peor que eso. Se trata de una perversa y diabólica estrategia dirigida a someternos y aplastarnos bajo la amenaza de una bota armada. Por si fuera poco, no es una decisión del régimen, sino de sus amos cubanos, como para agregar al insulto la injuria.

¿Qué hacen nuestros dirigentes de la oposición frente a tamaña tragedia? Pues se entretienen en graves discursos, peleas internas y en acomodos y reacomodos para ver quién se gana la dudosa posición de ser “el líder” de la resistencia. Asombra presenciar cómo se insultan y se descalifican unos a otros mientras el país entero se desmorona a pedazos.

Uno los escucha en sesudas disertaciones sobre la inconveniencia de una intervención humanitaria extranjera, o sobre la urgente necesidad de unirse, o dando explicaciones sobre cómo fue que llegamos aquí, además de recetas ingeniosas para salir del hueco. Pero, para el grueso de la población (donde me incluyo) no se avizora ninguna salida positiva en el corto plazo.

Obviamente, ya todos deberíamos saber que no existen salidas milagrosas ni de golpe y porrazo (doble sentido incluido) ni súbitas apariciones de caudillos mesiánicos. Como suele ser, cualquier resultado favorable a la gente del común, sería la consecuencia de un trabajo duro, esforzado, despojado de ambiciones personalistas, bien planificado y mejor ejecutado.

No pueden ni deben descartarse ninguna de las opciones posibles. Pero, en todos los casos, se requiere de una gigantesca participación y movilización colectiva. Y eso supone una organización dirigencial armónica y eficiente. Como se ha dicho, nadie es indispensable y todos somos necesarios. No es el momento de exclusiones ni es el momento de anteponer los intereses de las organizaciones partidistas a los intereses más trascendentales del país entero.

Dicho lo anterior, es forzoso concluir en que si fuimos los venezolanos, los que cavamos esta tumba siniestra donde hoy nos encontramos sumergidos, también debemos ser nosotros los que comencemos a construir la montaña que nos permitirá salir de ella. Pero eso no significa, de manera alguna, que debemos cerrarnos a la generosa ayuda y colaboración de otros países del hemisferio y de más allá. Todo vale y todo cuenta. Lo que sí es indudablemente cierto es que el conteo regresivo ya ha comenzado. ¿Hasta cuándo? Solo Dios lo sabe.

Lechería

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