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Celebrar, a pesar de todo

En fecha reciente, el cardenal De Kesel, primado de Bélgica, afirmaba que estaba reflexionando para encontrar formas de celebración cristiana adecuadas para acompañar las uniones homosexuales. Estimo con alegría que tiene razón. En lo que me toca, reconozco que me ha ocurrido pasar al acto, como celebrante católico. Pues ninguna persona humana tendría que ser excluida sistemáticamente de la invitación a celebrar.

Lo mismo podría decirse a propósito de la exclusión a la comunión en la misa. Bien es sabido que la autoridad de la Iglesia católica recuerda a diario la prohibición de comulgar en una misa: a quienes hayan faltado “culpablemente” en domingos anteriores; a quienes no se hayan confesado canónicamente con el señor cura, o – peor –no se hayan “casado por la Iglesia”; y sobre todo, a los cristianos/as divorciados (o sus cónyuges) que quieran seguir comulgando. Contra esta insensibilidad pastoral de tristes pastores, protesta claramente el papa Francisco. Uno entiende la ferocidad de la oposición que ese buen servidor encuentra en su entorno inmediato: cardenales y obispos curiales, fríos y cortantes cual  una guillotina.

A veces me parece que este último caso, el de la comunión rehusada por un celebrante católico, sería de más fácil solución teórica: el estudio detenido de la historia y, en especial, de sus momentos álgidos, permite marcar con tinta roja los factores clave que inauguraron  las desviaciones de la Iglesia. Así como suena: desviaciones. En ciertos momentos de conflicto, la Católica se situó frente a otras tesis más abiertas, más antiguas y acogedoras, que orientaban de manera diametralmente opuesta su práctica anterior.  Uno de estos momentos capitales fue la reunión del Concilio de Trento (siglo XVI), el cual se celebró a lo largo de casi veinte años y trató de dos maneras distintas de la relación entre la comunión y el “pobre pecador”. Una primera vez, el Concilio se mostró amplio, generoso; en la línea de su práctica anterior.  Pero la segunda vez, se hizo polémico para poder condenar a los Protestantes…

¿Cómo no escuchar con igual atención y compasión a quienes narran unos dramas  de aborto, eutanasia o suicidio? Acompañar no significa caucionar, aprobar, banalizar. Uno tiene el derecho de formular juicios éticos distintos… y  buscar el tipo de celebración que responda ritual, existencial y espiritualmente a una circunstancia grave. Cuanto más doloroso es el motivo para celebrar, más necesaria se hace la selección de ritos para aliviar el sufrimiento de la vida. ¿Acaso no es el evangelio una buena noticia que no excluye a nadie?

Caracas

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