Columnistas

La rana y el escorpión

Lamentable y desgraciadamente, estamos en guerra. Una guerra peculiar ya que solo uno de los bandos en pugna la ha declarado: “… ¡o somos nosotros o no será nadie!…” Declaró recientemente el más troglodita de sus representantes. El otro bando, como el Chamberlain británico de los años 30, pareciera preferir mirar hacia otro lado e ignorar la flagrante amenaza. Pareciera preferir la negociación y la contemporización con un enemigo autodeclarado. Y otra vez nuestro liderazgo opositor luce entrampado con las venideras elecciones municipales. Porque o proponen e inscriben candidatos a concejales, o les ceden esos espacios gratuitamente al régimen. Claro que nadie (o casi nadie) cree en elecciones transparentes y justas con este CNE. Pero de allí a entregar por forfeit enclaves opositores como Lechería, Baruta o Chacao, hay un fuerte e indigesto paso.

Así que de vuelta a las andadas. La historia se repite. Los “electoralistas” insisten en que no hay otro camino porque (1) Los “marines” no van a venir; (2) Si los que están en el poder son los militares, no habrá golpe militar; (3) Quienes están en la oposición no tienen armas (ni sabrían cómo usarlas) y (4) Todo lo anterior nos conduce a un solo camino que es el electoral, pacífico y democrático. Otro grupo considera que, aún siendo ciertos los primeros tres puntos, la via no es electoral, sino la resistencia activa y pacífica. Presión popular en las calles, paros y huelgas para obligar al régimen a ceder ante el pueblo. Pero no dicen nada sobre qué se va a hacer con los espacios que ganaría el gobierno en los municipios claramente opositores, si no participan en las elecciones. Al final, los ciudadanos de a pie, nos quedamos con la incertidumbre de siempre: lo único que está claro es que nada lo está.

Sin embargo, también es preciso reconocer que la enorme mayoría de nosotros simplemente no somos beligerantes. Nos gusta hablar de política, criticar y señalar errores. Solo que para la enorme mayoría de nosotros una cosa es hablar y otra es actuar. Nos encanta mandar a los demás a la calle, a que se pelen el pecho y den la pelea. Y criticarlos duramente si no lo hacen. Eso sí, excluyéndonos  a nosotros mismos de ese llamado: “que peleen los políticos, que para eso están allí…yo no soy político.” Y cuando los políticos se pelean entonces los criticamos ácidamente. ¿Qué tal?

Por otra parte, hay que reconocer que se necesita valor para meterse a político. Un coraje particular del cuál carecemos quienes formamos parte de esa masa amorfa e indefinible que llamamos “pueblo”. Tampoco nos interesa. Solo aspiramos a que nos dejen vivir en paz. Es cierto, no somos políticos y tenemos todo el derecho a no serlo. Pero indudablemente somos ciudadanos y como tales, no solo tenemos derechos que exigir, sino deberes que cumplir. Reaccionar activamente contra un régimen que nos mantiene perseguidos, oprimidos y arrodillados, es uno de esos deberes. No nos gusta la guerra. Ni hacerla ni que nos la hagan. De modo que uno aguanta y aguanta. Pero llega un momento en que se revienta la calma, la tormenta nos alcanza y hay que luchar para sobrevivir. El problema es que somos pacíficos, estamos desarmados y amenazan con masacrarnos. Y si llegados a ese punto alguien nos tiende una mano amiga ¿Seríamos capaces de rechazarla? Eso sería como la historia de la rana y el escorpión.

Henry Cabello

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