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¿Una nueva guerra mundial?

Íbamos cantando, riendo, elevando mil sueños de pronta victoria. Con la decisión firme de meterles, a ellos, su merecida felpa; una bofetada con sabor de eternidad. Mejor preparados que 44 años atrás, cuando nuestra humillación fue grande; pero ahora sí, teníamos la venganza segura (nosotros los franceses). En cuanto a nosotros (alemanes), habíamos ganado en dos patadas la partida anterior, 44 años atrás; íbamos a liquidar eso de nuevo, en un dos por tres.

Toda Europa, el mundo entero, tomaron el camino de la guerra. Resultados: más de cuatro años de violencia ciega, triunfo de la muerte para 25 millones de militares y civiles, cantidades cortadas por la mitad. Como miles de cuerpos, segados, degollados.

¿Cómo salir de aquello? Un grito desesperado, en pleno conflicto, contestaba: “¿Pa’qué devanarse los sesos? Un obús lo hará tan fácilmente”. Hasta el punto de que el cataclismo de la Primera Guerra Mundial apenas fue el preludio, el anuncio rabioso de la Segunda.

Con su reconocida sagacidad, el papa Francisco opinó hace algún tiempito: ya empezó la Tercera Guerra Mundial. Y el Pentágono, en sus cálculos del siglo XXI, prevé abiertamente mil millones de muertos – ¡un millardo! – como resultado de este conflicto. Eso sí: promete ser muy diferente de los conflictos anteriores. La implicación ya no será solamente mundial. Las técnicas serán diferentes. Los planetas, cínicamente puestos al servicio de la muerte.

Los cambios de temperatura serán instrumentos de guerra. Los animales, al servicio de la muerte humana. ¿Mil millones de muertos? A lo mejor se trata de una evaluación optimista.

Más que nunca, la física y la química serán puestos al servicio del infierno. Nuevas alianzas se están creando, junto con odios nuevos. Las mujeres serán llamadas, no para dar la vida, sino la muerte.

Los regionalismos serán exacerbados. Los nacionalismos tendrán nuevas fronteras. Ya vamos progresando en todos estos frentes.

Dentro de pocos días se celebrará el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial. La “Gran Guerra” – así la llamaban – no fue la última. El fin de la Segunda dio la impresión de presagiar algo mejor. La “impresión” duró algunos años; pongamos treinta.

En los años ‘70 del siglo pasado, algunos grandes líderes, celebrados por su inteligencia – ¡qué pobre es nuestra inteligencia! – pretendieron llegar a la paz por medio del dominio universal sobre los “enemigos”.

Nuestros enemigos no desaparecen. Tan sólo cambian de rostro. Y ¿quién – fuera del mismo papa – tiene hoy bastante sensatez para gritar: ¡basta de sufrimientos y anuncios de muerte inútil!? ¡Valga lo mismo para nuestro país!

Bruno Renaud

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