Columnistas

¿Fin de la política?

A finales de los años ’50 de siglo pasado, la marcha de las ideologías hacia “el centro” parecía definitiva: el centro se parecía al famoso agujero negro en el cielo político. Ahora, hemos sofisticado la propuesta: se nos habla de la supuesta división  entre el centro-derecha y el centro-izquierda. Mejor, o peor: en México se ha inventado un partido del   ”extremo centro”. El agujero negro no asusta; las tendencias políticas se diluyen en la espesura del centro. Ya no hay diferencias significativas entre ellas.

Uno recuerda la caída del muro de Berlín. Triunfo de la post-modernidad. Las grandes filosofías de la historia y las grandes palabras de antaño (justicia, igualdad, libertad) tienden a volatilizarse. Toda idea se pronuncia en voz bajita: sin compromiso, sin pasión, sin apego a ninguna verdad. “Socialismo”, “liberalismo” – y un largo etcétera que incluye “cristianismo” –  están en camino de disolución.

Mientras tanto, hay una realidad que no deja de crecer: la “inseguridad”. La inseguridad instala el miedo. Lo indefinido nos cerca, lo desconocido nos amenaza. ¿Están dentro o fuera del campo político? No se sabe a qué color político pertenecen. La democracia en un mundo inseguro cierra las puertas a la libertad y se define como “extremismo”. En todo caso, los encantos supuestos del centro están en trance de desaparecer.

La violencia está cerca, el fascismo se instala. En una situación post-ideológica, decrece la libertad, y la democracia, por el contrario, se recorta y aparece vigilada. ¿Qué significa, en ese contexto, ser social-demócrata o ser de izquierda? Algo muy poco relevante. Sólo queda, triunfante, la economía: intocable, y ferozmente violenta.

La única gran libertad está en el mercado: el dinero está por encima de todo. Constantemente lo denuncia el papa Francisco. Y casi él solo. Los políticos se centran en la administración diaria de las opiniones y del qué dirán. La opinión pública es una especie de bolsa de valores en constante movimiento, ya que señala las alzas y bajas de los líderes.

Desde el inicio de esa época de transición que fue la revolución conservadora (Reagan, Thatcher, Bush…), años ’80 pasados, la referencia a una tradición determinada (teñida, o no, de fe religiosa) pierde fuerza con la desaparición de las ideologías. Pero queda la grave pregunta: ¿acaso la desideologización de la política no nos está anestesiando tanto que termine por matar a la misma democracia? Dicha desideologización de la política es el arma empleada por el dominio tiránico del inmovilismo. Es el camino de los nuevos nacionalismos. En el mundo entero.

Share This:

Comentarios

  

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Do NOT follow this link or you will be banned from the site!