Columnistas

La hora latinoamericana

Como pocas veces en la historia de nuestro continente, ha sonado la hora  latinoamericana. Amenazas, nubes pesadas. ¿Nos va a atacar Colombia, Brasil? ¿Significa algo concreto la provocación del llamado Grupo de Lima? ¿La invasión de nuestras aguas caribeñas por la Exxon? ¿Tienen una moral política, por encima de toda sospecha, países como Brasil, Chile, Argentina, Honduras, presentándose como modelos de pureza ciudadana? ¿Habrase conocido, en dos siglos, una amenaza tan grave, tan poco sustentada  legalmente, para justificar los ladridos de tal jauría contra nuestro país? Nuestra generosidad poco común, la hospitalidad venezolana, de décadas atrás, ¿permite aceptar la escandalosa  respuesta de tantos países latinos a las llamadas de su amo, los Estados Unidos, contra nuestro bendito país, cualesquiera hayan sido sus errores?

Leamos la hora nuestra con otras lentes. A nivel mundial, del 18 al 25 de enero se promociona cada año lo que se llama, en lenguaje cristiano, el ecumenismo. Es decir: la oración, el entendimiento y el diálogo entre religiones. Nuestro continente es, formalmente, cristiano de raigambre católica. Las autoridades religiosas aceptan el juego exigente de la relación sincera no sólo con las demás confesiones  cristianas, sino también con el islam, el budismo, el hinduismo, las grandes “religiones del mundo”, como se suele decir.

¿Y qué pasa con las “pequeñas religiones” de la humanidad? ¿Aquellas religiones que están profundamente insertas en contextos culturales y religiosos? Veamos el ecumenismo de paso por nuestro país, y sobre todo por regiones culturalmente más homogéneas: Perú, Bolivia, Ecuador; México; países de áreas centroamericanas. En ellas, las culturas y religiones de los pueblos occidentales han irrumpido para imponer violentamente las visiones dominantes de la historia, y para desautorizar la fe cristiana.  Personalmente empapado de una fe vinculada con la justicia social y con una visión histórica de la conquista, el papa Francisco promueve un ambicioso proyecto de evangelización, aupado con la reunión (“sínodo”) de la Amazonia. Incluye a Venezuela.

El papa manifiesta desde hace tiempo su preocupación por las gentes y culturas de Amazonia. Su identidad. Su protección, la defensa de sus recursos vitales: tierras, aguas, idiomas, comunicaciones. Si el nuevo presidente de Brasil pone a ejecución su brillante idea de brindar armas a los colonos blancos para deshacerse de culturas indígenas, ya no habrá más necesidad de hablar de evangelio. Ni del inmenso número de pobres actualmente presentes en las “pequeñas religiones”. ¿Esto preocupa a nuestras Iglesias?

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