Columnistas

La salida feliz

Juan tenía un vocabulario tremendo. Amenazador. Portador de fuego. Pero a pesar de todo, en aquellos  tiempos de gran dureza, la gente se dejaba fascinar por ese hombre fuerte, sincero, sin condescendencia. “¿Qué debemos hacer?” ¿Fundar un nuevo partido político? ¿Lanzarnos todos en una gran manifestación de protesta como  la  de los chalecos amarillos de Europa?”… ¡Nada de eso! “¡Que cada uno se acuerde de la miseria de su pueblo! Si uno tiene varias mudas de ropa, ¡que comparta con quien no tiene! El que tenga de comer, ¡que le dé a quien está pasando hambre!”

Venían algunos empresarios: “Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?”… “No suban artificialmente los precios de la comida. ¡Aténganse a los precios establecidos!”. También – no podían faltar – vinieron hacia Juan funcionarios y policías. Medio asustados, medio amenazantes: “Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?”. Juan les fustigó en plena cara: “¡Ladrones! ¡No abusen de la gente! ¡No hagan denuncias falsas!”… Preocupados por ese profeta incómodo, se acercaron también algunos guardias nacionales de las rutas occidentales y orientales del país: ¿qué nos dirá ese denunciador de  injusticias?  “Y, pues, nosotros ¿qué tenemos que hacer?”. “¡Dejen de montar alcabalas para extorsión de camioneros y transportistas! “¡Conténtense con su sueldo!”. “Con estas instrucciones y muchas otras, Juan anunciaba al pueblo una buena nueva: pronto la justicia iba a ganar esta guerra y flotar victoriosamente sobre el país.

Mientras tanto… mientras tanto  no dominaba esta convicción. “El pueblo estaba en la duda”. Se preguntaban interiormente si ese hombre denunciador de estafas podía ser candidato a la presidencia del país; o fundador de un nuevo partido político; o transformador de la sociedad. En realidad, nada de eso. Tal como era de prever, a lo poco Juan fue llevado preso. Bajado a un calabozo de mala muerte. No mucho después, en una fiesta de políticos borrachos, un pretexto cualquiera fue suficiente: le cortaron la cabeza.  Era de presagiar.

Era de presagiar, pero lo anunciado vino. O más bien, fueron  dos caminos radicalmente diferentes. El  primero: la salida, brutal y sanguinaria. Efectivamente, cuarenta años después, los guerrilleros del país creyeron que había venido el momento de tomar el poder por las armas. Fue un fiasco total: la potente USA del tiempo, sin contemplaciones de ninguna índole, desmontó brutalmente este sueño. Pero la otra “salida”, bien diferente, dio nacimiento a la utopía, todavía actual: un mundo de paz había llegado. “Nació el redentor”…

Share This:

Comentarios

  

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Do NOT follow this link or you will be banned from the site!