Columnistas

¡Hay que Castrarlos!

 En la historiografía universal, el castrar, emascular, mutilar o cercenar el miembro masculino siempre ha levantado polémica porque no existe algo más intimidante para el hombre vernáculo de cualquier época que el prescindir de forma violenta del símbolo de su masculinidad, de su “falo”, de su  “herramienta” varonil.

Entre las diferentes referencias de la castración que he conseguido, pongo a disposición del lector algunas donde la castración no solo es sinónimo de honor, sino también de sacrificio artístico, y por supuesto, de castigo.

Está por ejemplo, el episodio entre el general Kang Ping y Yung Lo, emperador de China entre los años 1402 y 1424 de nuestra era. Al parecer, en necesidad de abandonar el reino por cuestiones de negocios, Yung Lo dejó a Kang Ping  a cargo de su harén personal conformado por unas 1500 damiselas. Por supuesto, y debido a las intrigas palaciegas, a su llegada, el emperador acusó a su fiel servidor de haberse aprovechado de su harén. Ante ésta acusación, Kang Ping extrajo del mismo equipaje de viaje del emperador un recipiente que contenía su pene castrado, que él mismo se había cercenado a su partida. Por supuesto, Yung Lo conmovido ante esta muestra de lealtad desmedida, lo nombró  de inmediato jefe de todos los eunucos del reino.

En el llamado puritanismo cristiano de la Edad Media (siglos XIII hasta XV), los varones adolescentes eran castrados para evitar que perdieran la tesitura femenina de sus voces, necesarias para  los cantos religiosos, ya que en ese momento le era prohibido a las mujeres cantar en las iglesias (de esta práctica nace la voz “Castrati” muy demandada en la ópera, siendo uno de los últimos cantantes castrados el italiano Carlos Croschi, mejor conocido como “Farinelli”).

Durante el llamado Renacimiento (siglos XV y XVI) la castración fue considerada remedio quirúrgico contra la hernia, la locura, epilepsia, gota, lepra e incluso, para cualquier enfermedad susceptible de ser transmitida de forma hereditaria. Es bien sabido que entre muchos países europeos, entre los siglos XVII y XVIII, la castración fue pena habitual contra el libertinaje, y que  se mantuvo en  Turquía hasta el año 1893.

Imaginemos entonces por un instante, que si por ser libertino te castraban, es decir, por llevar una vida disoluta, relajada… ¿Qué pasaría si tomáramos tal medida como correctivo ciudadano en la Venezuela de hoy y la aplicáramos a tanto abusador, a tanto inoperante, a tanto corrupto o “vivo criollo” que deambula con descaro entre nosotros? Particularmente, de entrada, la recomendaría  en las siguientes circunstancias:

1.- Será castrado  todo aquel que ose “colearse” en cualquier fila, ya sea de banco, cine, supermercado, restaurante, universidad, terminal de ferris, chalanas o evento deportivo.

2.- Le será cercenado el miembro a todo aquel que “se coma la luz” de un semáforo o que se estacione en lugares prohibidos de hospitales, edificios residenciales o casas de familia, a pesar de existir un aviso bien grande que dice: “No estacione”.

3.- Le será mutilado el pene a cualquier vecino de edificio que ponga música alta luego de la medianoche (más aun si es dia de semana) o a aquel que permita que su perro deje sus “porquerías” en cualquier lado del conjunto residencial (porque simplemente carece de la conciencia suficiente de que comparte un área física).

4.- Serán castrados “con un cuchillo amellado” todos los violadores, pedófilos y libidinosos, sin miramiento alguno.

 6.- Y especialmente, le será cercenado el miembro a todos los responsables de los 3  APAGONES recientes… No solo por haber “hecho añicos” el sistema eléctrico nacional, sino por haber puesto en evidencia su torpeza, improvisación, incapacidad, inoperancia, corrupción y oratía. (Creo que todos estarán fehacientemente de acuerdo conmigo en este último apartado.

Así de simple

Antonio Ricoveri

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