Venezuela

Resiliencia, la clave de subsistencia del campesino venezolano

Los trabajadores de El Pao, estado Cojedes, cultivan diversos rubros / Foto: Cortesía de Dixon Chourio

Sistemas de riego, mecanismos para combatir las plagas, “estirar” recursos económicos, conseguir gasolina al precio que sea y enfrentar los requerimientos de cada alcabala para llevar el producto a su destino constituyen muestras de ingenio y perseverancia. Esa disposición para encarar y superar situaciones difíciles demuestra que los campesinos venezolanos son claros ejemplos de resiliencia.

En Boca de Mangle, estado Falcón, las carencias están a la orden del día. Fallas en el suministro de agua, apagones y ausencia de señal para teléfonos celulares son retos que afronta a diario Richard Ugarte, productor de coco de 54 años que hizo de la resiliencia un hábito.

Ugarte ve en la adversidad una oportunidad para poner a prueba su inteligencia. Con el fin de ahorrar costos, se levanta a las 5:00 am y camina 30 minutos para recorrer tres kilómetros. Así llega más rápido a la hacienda donde trabaja.

El falconiano, padre de dos jóvenes y abuelo de un par de nietos, colecta cocos acompañado de cuatro hombres, cuyas edades oscilan entre 17 y  30 años. A ellos  les paga 500 mil bolívares por jornada. En conjunto recogen entre mil 500 y dos mil cocos cada 90 días, el tiempo necesario para que el fruto madure.

Durante esos tres meses, Ugarte aprovecha el agua de lluvia para llenar unos tanques diseñados por la Asociación de Coqueros de Boca de Mangle. En ellos almacena líquido suficiente para regar las palmeras y cumplir labores cotidianas.


Richard Ugarte camina 30 minutos para llegar a la hacienda donde trabaja / Foto: de Richard Ugarte

Todo esto lo realiza con el fin de salvar su cosecha. No quiere formar parte de las estadísticas negativas reportadas por la Asociación de Productores de Coco y Copra de Falcón (Asococo). El ente aseguró que desde 2019 60% de los 950 mil sembradíos del rubro en la entidad se perdieron por la falta de biocontroladores crisopas.

Las crisopas son unos insectos que entrega el Instituto Nacional de Sanidad Agrícola (Insai). Estos atacan a los ácaros y otras plagas que dañan las matas de coco. Su ausencia obliga a los trabajadores del campo a vender rápido lo que colectan, porque pueden perder todo el esfuerzo.

El coco como materia prima
Ugarte es soldador y electricista de profesión. Desde hace un lustro comparte su vida con Yngris. Ella también aprovecha su creatividad para generar otras formas de ingreso a partir del coco.

En su humilde residencia hecha de bahareque, Ugarte mide el tamaño de los cocos. Así escoge a cuáles les quitará la concha para venderlos a precios que oscilan entre 20 y 50 mil bolívares. Los frutos menos atractivos se los entrega a Yngris, quien extrae sus pulpas y elabora tanto aceite como postres típicos venezolanos, entre ellos besos y conservas.

Ugarte viaja con su amigo Tony Martínez, dueño de un camión modelo 350, para los centros de distribución. Cada traslado a Carabobo le cuesta 220 dólares, cifra que se duplica si el viaje es para Anzoátegui. El precio de la gasolina en el mercado negro, que alcanza tres dólares por litro, obliga a evitar traslados largos.

Ugarte se junta con otros dos productores de coco para reunir 220 dólares y costear el viaje. El vehículo tiene capacidad para 10 mil unidades. Cada coquero paga 73.3 dólares al conductor que les pide, a su vez, que actúen como vigilantes durante el recorrido.

Entre Falcón y Carabobo se ocultan piratas de carretera que actúan de madrugada. Los ladrones se apoderan de cerca de 162 sacos, o nueve mil 650 unidades diarias, de acuerdo con cifras del Comando de Operaciones Especiales de la Policía del Estado Falcón (Polifalcón). Resguardarse es fundamental y por eso los productores tramitan permisos en el Insai, con el fin de ser custodiados por autoridades de seguridad y orden público.

Reserva para trámites burocráticas
Obtener la certificación del Insai no es fácil. Ugarte comenta que para agilizar los trámites burocráticos se requieren 40 dólares. La inversión les permite a los coqueros obtener el salvoconducto y ser reconocidos como trabajadores por la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y Policía Nacional Bolivariana (PNB) durante el desplazamiento por las vías.

Para llegar a Valencia, Ugarte y sus amigos pasan dos alcabalas de la GNB y un par de la PNB. Saben que a los funcionarios hay que tratarlos con delicadeza para que les permitan seguir la ruta. Los productores se ven forzados a regalarles parte de su mercancía para no quedarse varados. “He sido testigo de cómo otros compañeros pierden todo cuando son abordados por piratas de carretera. Lo mejor es atender las demandas de la PNB y GNB para poder cumplir nuestra función. Quizás sea grande el sacrificio, pero tenemos que hacerlo”.

Orlando Azuaje cree en el potencial de Venezuela
Lejos de Falcón, en El Pao, estado Cojedes, vive Orlando Azuaje, un agricultor de 33 años que no pierde la fe en Venezuela. Cree que el país tiene potencial para superar su crisis económica.

Ese positivismo llevó a Azuaje a invertir en la compra de abono y semillas los recursos que obtuvo con su liquidación en Industrias El Carmen, una empresa situada en Carabobo, donde laboró nueve años como operador. También adquirió 35 hectáreas de terreno.

Azuaje prefiere cultivar tomates porque sólo necesita tres meses para cosecharlos. A diferencia de la yuca, la lechosa, el maíz, las caraotas y los frijoles, estos requieren menos tiempo y esfuerzo físico.

Azuaje requiere de 120 dólares para comprar fertilizante, 400 para adquirir veneno contra plagas y 35 adicionales para atender las eventualidades que se se presenten.

Trabaja junto con sus tres hermanos y todos se encargan de resguardar una plantación en la que hay cinco mil matas.

Como el veneno es fundamental para que se desarrolle el tomate, Azuaje ideó un sistema para ampliar su rendimiento y reducir los costos. “Para cinco mil matas de tomate se necesitan cuatro litros de veneno, pero diseñé un sistema que permite mezclarlo con agua y maximizar su uso”.

Azuaje combinó un litro de veneno con mil de agua y logró rendirlo bastante. “Tenemos varios tanques e inventé un sistema para rociar las plantas a diario, con la idea de impedir que las plagas las dañen. En este país hay que reinventarse”.

Inventiva, el arma secreta del cojedeño
La inventiva de Azuaje, padre de un bebé y esposo de Ismarvis, no se limita. Creó un sistema de riego especial, para hidratar las plantas durante el verano.

Su mecanismo se basa en la gravedad. Aprovecha el agua contenida en las minas de la zona para canalizarla en tubos de PVC y llevarla hasta los sembradíos.

Otro elemento que demuestra el ingenio de Azuaje, miembro de la Asociación de Campesinos de El Pao, es el rendimiento del abono mediante el uso de agua. Él vierte cinco kilos de fertilizante en dos tanques, cada uno con capacidad para 200 litros. Así garantiza el riego de la sustancia en las plantas por más tiempo.

Su inventiva le permitió hallar un método para ahorrar dinero. Pasó de comprar 12 sacos de abono de 45 kilos cada uno, a adquirir cuatro para trabajar la tierra durante tres meses.

El dinero sobrante lo emplea para pagar un viaje en camión NPR desde Cojedes a Carabobo. Es un gasto de movilización de 150 dólares, 250 menos que hacia Oriente, a donde no va desde marzo, cuando empezó la cuarentena por coronavirus.

En los traslados lleva 40 cestas de tomate, unos mil kilogramos, pues cada contendedor soporta 25 kilos.

Dificultades originadas por la falta de gasolina
Según Roberto Latini, director de la Confederación de Asociaciones de Productores Agropecuarios de Venezuela (Fedeagro), en 2020 podrían dañarse unas 215 mil hectáreas sembradas con distintos rubros, como maíz, tomate y arroz. La causa: falta de gasolina para transportar las mercancías a los centros poblados. “Se afectaría el 20% del mercado alimentario nacional”.

Azuaje no quiere engrosar esa estadística. Para evitarlo decidió entregar a los camioneros una parte del valor de las cestas para que ganen dinero en efectivo. A la vez, reduce entre 50 y 60 dólares el costo del viaje. El productor comercializa el kilo de tomate a 100 bolívares y les paga 300 mil bolívares a los conductores por cada cesta expendida.

Los dólares que guarda los usa para dar “colaboraciones” al personal que custodia diversas partes del tramo. Hay cuatro alcabalas de GNB y PNB entre Cojedes y Carabobo, y Azuaje no quiere retrasos para evitar que las verduras se dañen. Sabe que algunos funcionarios se aprovechan de sus uniformes para chantajear, pero prefiere “cancelar el martilleo” antes que pararse. Su aspiración es que los entes se dediquen a brindar protección y no a coaccionarlo.

El Tiempo trató de contactar telefónicamente a representantes tanto de la Zona Operativa de Defensa Integral (ZODI) 45 de Carabobo, como de la  52 de Anzoátegui,  para conocer sus versiones sobre los supuestos atropellos contra campesinos, pero ambos intentos fueron infructuosos.

Se buscó la opinión de directivos de las delegaciones de la PNB en Carabobo y Anzoátegui, pero tampoco hubo respuesta.

Las realidades de los campesinos
Las realidades de Ugarte y Azuaje son parecidas y complejas, pero gratificantes. Ambos coinciden en que su afán es contribuir con la seguridad alimentaria del país y no convertirse en millonarios. Desean que tanto los robos de delincuentes como el “matraqueo” de los funcionarios cesen para cumplir mejor sus tareas.


 Polifalcón detiene periódicamente a vendedores ilegales de cocos en las vías nacionales / Foto: Cortesía de Polifalcón

Mientras aguardan por que la situación económica del país mejore, ambos tratarán de demostrar, por más tiempo, que los campesinos venezolanos no se amilanan ante las dificultades, porque convirtieron a la resiliencia en su “grito de guerra”.

Valencia / Joseph Ñambre

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