Columnistas

Pragmáticos

El pasado domingo circuló por las redes una suerte de entrevista que habría tenido el Presidente Trump con un medio de su país. De los tuits publicados el lector dedujo de inmediato que en la misma se había producido una suerte de desconocimiento del Presidente Guaidó.

Aparte de aquéllos, leí la información. Una columna en la cual las expresiones de Mr. Trump me recordaron a uno de nuestros mandatarios. No dijo ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario.

A diferencia de lo que observo en alguna parte de nuestra dirigencia política, los norteamericanos tienen una característica: Son pragmáticos. El interés primordial
que interpretan es el de su país.

Para evitar controversias, no estoy afirmando que el de la dirigencia venezolana no sea el interés nuestro. Digo que allá son pragmáticos. Alguna parte de nosotros no lo es.

El pragmatismo americano ha dado muestras, ayer y hoy, al mundo. Mientras Noriega les fue útil, bueno fue. Igual que Saddam Hussein. Ahora, ejemplo de utilidad son los talibanes, con quienes —a pesar de su conducta— se sientan y negocian.

Pero el pragmatismo también fue evidente en la Segunda Guerra Mundial. Para ponerle término a la conflagración con Japón, dos bombas atómicas a civiles no combatientes se lanzaron y cesó aquélla, evitando más víctimas aliadas.

Uno pudiera hacer juicio de valor sobre las distintas conductas desplegadas. Lo cierto es que para quienes ocupan la Casa Blanca y los que les sirven de asesores, lo fundamenta, es el interés de su nación, más nada, y eso criticable no es.

Si la estrategia de Mr. Trump respecto de Venezuela en algún momento cambia, es porque estima que a los intereses americanos esa decisión conviene. Si en noviembre próximo los votantes eligen al candidato demócrata, quizás otra visión llegue en enero a la Oficina Oval, pero siempre será la consecuencia de la interpretación que el nuevo ocupante y sus asesores tengan del interés de ese país.

Sin duda, el apoyo internacional a la causa venezolana es muy importante, pero más lo es que nosotros adoptemos con inteligencia, sensatez y ponderación —cabeza fría, pues— las decisiones que correspondan para resolver nuestra crisis.

Desde Bogotá / Gonzalo Oliveros Navarro

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