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Vendedor: No me da miedo el Covid-19, el hambre sí

El Bulevar de Barcelona y mercado de Puerto La Cruz son los sitios que concentran más vendedores ambulantes / Foto: Rafael Salazar

Ella se encamina hacia su lugar de trabajo a las 6:00 de la mañana, como acostumbra a hacerlo desde hace cuatro años cuando se mudó desde Cumaná, estado Sucre, para la casa de su hermana en Barcelona, capital de Anzoátegui.

Su equipo siempre ha sido una mochila tricolor llena de productos de primera necesidad para comercializarlos. También, una botella con agua congelada para hidratarse, su almuerzo, una gorra y un banco plástico para sentarse a esperar a sus clientes. Desde hace más de cuatro meses nuevos implementos forman parte de su indumentaria: un tapaboca artesanal, a veces un par de guantes, hechos por ella misma, y gel antibacterial.

María Celpa, de 37 años, es madre soltera y forma parte de las miles de personas que se dedican al comercio informal en el mercado municipal de Puerto La Cruz y que no han dejado de trabajar, pese a la cuarentena que se inició el 16 de marzo en seis estados y el Distrito Capital, tras la aparición de los primeros casos de Covid-19, y que luego se decretó para todo el territorio el día 17, cuando ya se contabilizaban 33 infectados.

A juicio de Celpa, el mismo día que arrancó el confinamiento sobrevino una nueva fase de la supervivencia que arreció a mediados de 2015. Y es que debe salir diariamente a la calle, a riesgo de contraer la infección.

A ella lo que realmente le da miedo es tener que quedarse dentro de sus cuatro paredes mientras se vacía su nevera, además de no saber qué responder a sus pequeños cuando le pregunten qué van a comer.

“Soy cabeza de familia, tengo que mantener a mis dos hijos, uno de 9 años y otro de 11 meses, y no puedo quedarme encerrada en casa, este es el único lugar donde me gano mi sustento diario. Intenté continuar vendiendo en mi comunidad, pero sólo aguanté dos semanas, no conseguía dinero en efectivo y tampoco dólares. Vendía muy poco y por eso decidí regresarme para acá, por supuesto tomando todas las medidas preventivas porque tampoco quiero abandonar a mi familia”, expresó.

La necesidad de mantener a los suyos también le da un empujón fuera de casa a Gilberto Parra, un vendedor de bombas rellenas en el mercado porteño.

No tiene hijos, pero sí un padre de 62 años, quien está discapacitado de una pierna, y una hermana de 10 años. A ambos debe comprarles alimentos y medicinas.

Esta circunstancia lo hace sentir el papá de la familia. En noviembre de 2019, sus hermanos mayores emigraron a Perú en busca de una mejor vida, pero no les fue bien; “uno cayó enfermo y el otro debe cubrir todos los gastos de comida y alquiler en un país sin conocidos”.

En estos momentos, para Parra, lo más delicado no es la pandemia porque procura al máximo mantener las normas de prevención, sino la poca ganancia que ha tenido, por lo cual los lunes, miércoles y viernes (días de parada del mercado) se instala en las estaciones de servicio, donde además ofrece helados caseros a los conductores.

“Desde que llegó el coronavirus nuestra situación económica se puso peor de lo que estaba. Ahora la gente ya no nos tiene confianza, quizás piensan que podríamos estar infectados y casi no compran. Yo ahora envuelvo los dulces en plástico o en bolsas para que se vea higiénico porque no me conviene quedarme con la bandeja full”, sostuvo.

El sexagenario Orlando Guzmán es pensionado de la Gran Misión Amor Mayor, implementada por el gobierno nacional, y vende café y cigarrillos en el bulevar 5 de Julio de Barcelona. Aseguró que debe desafiar la cuarentena porque lo que recibe mensualmente de pensión apenas le alcanza para comprar tres productos de comida cuando mucho.

“A mí no me da miedo el Covid-19, lo que realmente me da miedo es quedarme encerrado en la casa, con hambre y sin nada que comer. Lo que recibo del gobierno se devalúa a cada segundo y tengo que buscar ingresos por mis propios medios”, indicó el ciudadano que sufre de diabetes.

Fiorella García vende sal y detergente en bolsitas en el centro barcelonés y relató que no depender de un salario la obliga a salir constantemente a la calle en busca de dinero.

“Los vendedores ambulantes llevamos una vida dura. Salimos con la mercancía y la meta es no regresar con ella sino con el dinero que usaremos para comer y comprar nuevamente. Uno de los factores que tenemos en contra es la falta de efectivo. Hay días buenos y días malos, pero lo importante es salir porque, si no, no como, porque yo vivo de eso”, adujo García.

Ella resaltó que el miedo siempre estám pero “eso no me detiene”. Es por eso que cada vez que sale de casa encomiendo su vida y salud a Dios y a la Virgen del Carmen.

“Hace una semana me dio gripe, fiebre y vómito y llegué a pensar que me había contagiado, pero por fortuna sólo fue una enfermedad pasajera. Ahora soy más cuidadosa cuando trato con los clientes, me lavo las manos cada vez que puedo y hasta me pongo tapaboca doble. En verdad no puedo apartarme de este trabajo porque es lo que me genera más ingresos”, confesó.

Y mientras transcurren los días, aumenta el número de casos de Covid-19 en el país y se extiende el decreto de cuarentena, son cada vez más los ciudadanos que se suman al comercio informal para sacar adelante a familias, pero sobre todo para garantizar lo que se posiciona como única prioridad desde hace algunos años: llevar la comida a la mesa.

Barcelona / Milena Pérez

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