Venezuela

Hay otra diáspora de caminantes entre San Cristóbal y la frontera

La diáspora venezolana volvió a ser recurrente en la frontera tachirense / Foto: La Nación

Durante la semana pasada, la diáspora de venezolanos hacia Colombia se ha visibilizado por la carretera Panamericana y, aunque la misma ya se venía presentando desde principios de septiembre, ahora es que está tomando un aspecto más álgido, informó el periodista Freddy Omar Durán de La Nación.

No solo es un comentario entre la gente de El Mirador, Zorca Providencia y más allá, en los dos Capachos; es una realidad manifiesta en grandes camarillas que, de parada en parada, van suplicando por la cordialidad del tachirense, que responde con lo que sus recursos familiares le permiten.

Si bien la diáspora cobraba hasta el año pasado relevancia en las grandes aglomeraciones sobre los puentes internacionales, y en algunos puntos de la geografía colombiana, en la actualidad se hace manifiesta en las carreteras del país, nutrida por quienes, sin importarles la paralización del transporte extraurbano ni los riesgos de la pandemia, ni las restricciones de la cuarentena, no han desistido de su propósito de buscar maneras para sobrevivir en Colombia.

Al principio de este mes, los venezolanos en diáspora se confundían con los residentes de San Cristóbal y los dos Capachos, que sin gasolina y sin busetas disponibles en las semanas rígidas de la cuarentena, andaban como podían, de ida y venida, y urgidos por diversas necesidades, a través de la Panamericana. Pero luego el acento, el aspecto cansado, la manera de vestir, e incluso de avanzar, los delataba como foráneos, y cuando el número de ellos aumentaba, se certificó una nueva diáspora.

Diferencia

Otra diferencia de ambas épocas no solo la constituyen las facilidades de movilización de antaño que prácticamente los colocaba directamente en San Antonio, Ureña o en cualquiera de las poblaciones fronterizas, pues también cabe resaltar el hecho de que más familias enteras se enfrascan juntas en la aventura, y no solo uno o dos miembros mayores hacían el papel de pioneros.

No se trata únicamente de venezolanos que retornan a Colombia, luego de haber huido de la pandemia, sino que muchos poco o nada conocen de lo que en el exterior les espera, y apenas si alguno contará con la recepción de un familiar o conocido.

Es por eso que el motivo de mayor dolor para muchas de las madres de Zorca Providencia que deben contemplar la procesión, que a veces pernocta en la estación de servicio, en grupos de hasta 50 personas, es reconocer la presencia de menores de edad, algunos haciendo el mayor esfuerzo para caminar, otros a ratos en los hombros de sus padres, y otros más jugando al caballito con sus hermanos mayores, que apenas los superan en algunos años.

Decisión

José Rivas, residente del estado Portuguesa, había tomado la decisión hace un mes; de repente aprovechó una cola para venirse a San Cristóbal, junto a su esposa, dos hijas menores, un niño de un poco más de dos años, y su cuñado José Morillo, quien como él se dedicaba a lo que saliera en el campo, aunque en realidad casi lleva dos años sin empleo.

—Estábamos pasando hambre -afirma Rivas-, si acaso almorzábamos, y ya en la noche no había para cenar. Es la primera vez que me voy para Colombia. Antes no lo hice porque no me decidí, ni podía solventar el gasto del viaje, hasta que nos salió la oportunidad. En Bogotá vive una cuñada.

Previamente habían sido advertidos que les tomaría un día más si iban solo caminando, aunque ese día, a pesar de ser domingo, casi nulo en lo que a transporte urbano se refiere, tal vez la buseta hacia Capacho podría acortarles distancia. Un inmenso bulto a la cabeza de uno de los varones, y otro más pequeño acarreado por una menor, además de lo que contenían en sus morrales, señalaban una estadía sin vuelta atrás y de largo aliento.

—Estamos dispuestos a soportar lo que sea, porque esto nos va a traer beneficios. Primeramente, Dios por delante; sé que lo vamos a lograr. La situación en Venezuela está difícil y uno tiene que buscar otra solución; aquí todo quedó para que el vivo viva del bobo.

Largo viaje

David Torres forma una romería de alrededor de 10 personas, y junto a su bebé de un año, que con una cobija en el suelo dormía bajo un árbol, aguardaba a su suegra y dos personas más que seguían en San Cristóbal, mientras que su esposa cocinaba un arrocito puro en una casa que generosamente les prestó la cocina. Llevan 15 días en el trote, y a punta de lo que han recogido durante la travesía, de manos de buenos samaritanos, han podido sobrevivir.

—La situación económica –subraya Torres– en que está el país nos ha hecho salir. Para uno, el pobre, es crítico. Si conseguías para el desayuno, te quedabas sin nada para el resto del día, y menos para los pañales del bebé. Cuando tienes hijos, tienes que ver de ellos, y no pude aguantar más; y de nada valía venirme yo solo y dejarlos tirados, sin luego ver cómo mandarles. Intentamos trabajar en la calle, pero con la pandemia no te dejaban trabajar. Te bajabas de a dos dólares para que te dejaran tranquilo, y si no te quitaban la mercancía, sin importarles que tengas hijos.

Agregó que “aquí uno puede tener la familia de nosotros, pero aquí no podemos vivir bien. Mi niño se me enfermó, le dio diarrea, y para que me lo atendieran en un hospital tenía que comprarle el suero, la inyección y todo. ¿Entonces, para qué estamos en Venezuela, si nada sirve?. No toda la gente es mala, hay muchos que te dan comida, y a veces te permiten cocinar o asearte”.

Las historias de José y David, distantes geográficamente pero cercanos al compartir la misma preocupación por sus carencias y las de sus seres queridos, son apenas dos de las que han circulado esta semana por la Panamericana, aquella avenida que en alguna ocasión se convirtió en el símbolo de la integración latinoamericana.

—Vi cómo una señora le ponía cartón a la suela de sus zapatos, y a los de su hija, de lo desgastados que estaban, para que soportaran el resto del viaje. He visto mujeres embarazadas con niños en los brazos, y la gente con un palo al hombro llevando su ropita y sus cosas en bolsas. Tal vez, diariamente, pasan más de 100 personas.

Arioli García no se ha limitado a contemplar su cansado andar; ha intentado ponerse de acuerdo con sus vecinos para proporcionarles a los “penitentes” un alivio. “Nos han dicho que el camino es largo y que nos pueden hasta devolver”.

—Unos vienen de Trujillo; otros vienen del Oriente. Unos que venían de Trujillo tenían 9 días caminando, y entre ellos venía una señora que le tocó parir en una casa con médicos asistiéndola, y todo porque mientras caminaba reventó fuente. Venían sin pañalera, sin tetero; tuvimos que ir a una bodega, donde le colaboraron con pañales y leche. En ese montón venían 7 niños. Uno trata de darles apoyo; pero también se tiene que tener cuidado, porque uno no sabe quiénes son.

Un conductor de una línea que transita la zona afirmó que un familiar suyo de Valencia, y colega, le informó que cada vez ha visto a más y más personas rumbo a la frontera. En Capacho los ha visto proveerse en las aguas de algunas nacientes, para refrescarse en un clima que esta semana ha estado intensamente caluroso.

San Cristóbal / Freddy Omar Durán / La Nación

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