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Líderes sin ética: ¿La pesada tapa del ataúd?

Cuántas acusaciones, cuánta crítica contra quienes nos dirigen, cuántos señalamientos sobre sus intenciones, sobre su revestimiento moral, sobre su desempeño ético… ¿Qué ha pasado con ellos? O mejor dicho, ¿qué ha pasado con nosotros como sociedad, como país? La respuesta es simple: nos falta ética.

Venezuela se ha convertido en un gran bazar donde a diario nos jugamos la vida, donde no existen reglas claras ni límites establecidos. Un país que vive a la intemperie moral, lleno de confusión, de anarquía, de riesgos ocultos, de alta vulnerabilidad, de infinita incertidumbre, a merced de corruptos, trúhanes, bellacos… Y tristemente, muchos de los llamados “líderes” no son la excepción.

En la actualidad, buena parte de nuestro liderazgo se erige como emblema de nuestro colapso moral por su carencia de escrúpulos, por su desconocimiento de límites, por su abierta complicidad con oscuras componendas y lúgubres corruptelas. Líderes que prometían actuar con sentido de pertenencia, con honestidad, con patriotismo, pero al final se consumieron en piras de orgías y venganzas, en una prolongada noche de avaricia e inmoralidad.

¿Qué hacer ante esta debacle? Se requiere construir un nuevo sistema de dirección, de orden, de respeto, de civilidad, integrado por ciudadanos comprometidos, honestos, responsables. Personas distinguidas por su educación, por la pureza de sus acciones, por sus altos valores morales, en quienes la sociedad encuentre mucho que imitar y poco que corregir. Y he allí el dilema… Durante muchos años, a través de mis escritos, he venido alertando sobre la impostergable necesidad de fomentar la ética en nuestro país en los disímiles campos de nuestra vida, y en especial, en el campo de la política y del ejercicio gubernamental. Pero cuando uno asoma el tema ético como algo prioritario, en reuniones o en privado, las reacciones de los interlocutores suelen ser de rechazo inmediato, cuando no de ironía o risa, porque consideran que es de ingenuos pensar, por ejemplo, que en la política contemporánea, tan afectada por la mentira, la prevaricación, el transfuguismo, el desenfreno, el compadrazgo y el uso indebido del patrimonio público, puede existir un espacio para la ética.

Bajo este contexto no es de extrañar entonces, el pesimismo de tantos interlocutores (académicos, líderes de opinión, intelectuales, ciudadanos en general), cuando se refieren a la corrupción como un problema que no tiene solución, o cuando afirman que la corrupción es inherente al ser humano y que el hombre nace y muere corrupto, siendo esta postura totalmente discutible.

Estoy convencido de que no hay sociedad que garantice la libertad y el bienestar de los ciudadanos sin la sujeción a una norma moral común e independiente, que esté por encima de ideologías, de intereses partidistas, del poder económico o de la conveniencia de los poderosos. Ninguna realidad social está al margen de la ética. Ningún hombre ni ningún país puede salvarse sin ética.

La ética demuestra que cuando se rescatan y fomentan en los ciudadanos sus valores, estos construyen, reconstruyen, fortalecen, motivan, dan integridad y crean una identidad que conduce a una actuación de mayor honradez, obligación y compromiso. Una conducta libre orientada a la realización del bien, mediante el cumplimiento del deber; por lo tanto, “a mayor cultura ética, mayor cambio de actitud en la ciudadanía”.

Y aunque pareciera tortuoso el camino por recorrer, me inspiro en lo que dijera el filósofo chino Lao-Tsé hace siglos:
“Un viaje de mil millas comienza con el primer paso”.
Así de simple.

Desde Lechería / Antonio Ricóveri

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