Coronavirus

Escuela de samba de Río se enfoca en COVID, no en carnaval

Wille Baracho le toma la temperatura a una mujer que se sospecha puede tener el coronavirus en el galpón de la escuela de samba Unidos de Padre Miguel / Foto: AP

Pronto llegará el calor sofocante del verano a Río de Janeiro. En años normales, el aire le susurraría al oído al doctor Willie Baracho: “Llega el carnaval”.

En un año normal, la organización de Baracho –la escuela de samba Unidos de Padre Miguel– estaría adelantando los preparativos para el carnaval. Las costureras estarían cosiendo los vestidos de más de 1.500 integrantes de la escuela. Cientos de soldadores, carpinteros, electricistas, artistas que esculpen espuma y pintores construirían las carrozas. Y todos los viernes por la noche, los bailarines de la escuela recorrerían la favela Vila Vintem, cantando el himno del año

Este, sin embargo, no es un año normal. Por primera vez en más de un siglo, el carnaval fue cancelado.

En el país con la segunda cantidad más alta de muertes por el COVID-19, se temía que uno de los festivales más grandes del mundo, con multitudes amontonadas en las calles, hubiera sido el peor foco de infecciones imaginable.

La escuela Unidos de Padre Miguel, no obstante, no dejó de funcionar.

De la mano de un médico que observa de primera mano el caos que causa el COVID-19 en su hospital, la escuela se movilizó para combatir la pandemia en una de las favelas más pobladas de Río, cosiendo delantales para el personal médico y tapabocas para los hospitales públicos, distribuyendo comida entre los necesitados y ayudando a detectar contagios.

El virus causa estragos en Río, ciudad de 6,7 millones de habitantes, de los cuales casi una cuarta parte viven en favelas como la Vila Vintem. Los expertos temen que estos barrios densamente poblados sean focos de contagios y pongan al límite la capacidad del sistema de salud pública.

Una vez más, las comunidades pobres se pusieron manos a las obras en lugar de esperar la ayuda de las autoridades, que siempre llega tarde, si es que llega.

“El carnaval genera otro tipo de felicidad, es alegría y diversión. Esto es una misión”, dijo Baracho, el vicepresidente de Unidos, el 8 de abril, mientras un equipo de costureras cosía delantales para médicos. “Estamos hablando de salvar vidas, y nuestras propias vidas”.

En Vila Vintem viven más de 15.000 personas. Su nombre refleja su mala ubicación: Los primeros residentes se instalaron en una zona cenagosa que no valía ni un “vintem”, equivalente a un centavo.

Pasaron décadas antes de que llegasen servicios básicos, a veces solo después de que los residentes se encargaron de las obras. La escasa presencia del gobierno permitió el florecimiento de bandas delictivas que venden drogas.

Baracho tiene 49 años y pasó su infancia en los alrededores de la favela, jugando al fútbol en canchitas polvorientas. Luego de graduarse de médico, consiguió trabajo en un hospital de la zona, pero se mudó más lejos tras un tiroteo ocurrido cuando recogía a su hijo de un jardín de infantes pegado a la Vila Vintem.

De todos modos, siguió conectado con Unidos, disfrutando de sus encuentros en un enorme galpón, con capacidad para 4.000 personas, donde comen, ensayan bailes y dan clases de tambores.

Casi todas las escuelas de samba están conectadas con barrios pobres del área metropolitana de Río y compiten entre ellas en el deslumbrante desfile del carnaval.

“La gente de Río, sobre todo en nuestra zona y en nuestra comunidad, espera ansiosa el día en que nos podamos reunir, cantar nuestra samba, recordar otras sambas, recordar a los amigos y los desfiles, y ponernos al día con nuestras cosas”, dijo Baracho. “Es una pasión, samba y carnaval”.

Luego de meses de cuarentena, los días previos a la pandemia parecen lejanos. ¿Fue en febrero que las escuelas de samba recorrían el sambódromo con arreglos con plumas en la cabeza, maravillando a decenas de miles de espectadores?

Todo Río lucía disfraces locos y tomaba cerveza para aliviar las cuerdas vocales y los tobillos cansados de bailar. Al ver las noticias, no obstante, los brasileños observaron escenas de desesperación en Europa.

El primer caso confirmado de coronavirus en Río se produjo el 6 de marzo: Fue el de una mujer de 62 años que acababa de regresar de Italia. Acto seguido, una de sus compañeras de viaje se enfermó también. Pronto hubo más contagios. El éxtasis del carnaval generalmente perdura semanas bajo el calor tropical, pero en el 2020 se evaporó rápidamente, reemplazado por la plaga.

La enfermería donde trabajaba Baracho aceptó gente de Río y de otras ciudades.

“Cuando se abría un hueco, había diez personas haciendo cola”, dijo el médico.

Luzilene Viana, empleada de una panadería de 44 años, tosía y se sentía débil cuando Baracho la mandó al hospital el 24 de mayo. Rayos X indicaron que el COVID-19 había inutilizado una cuarta parte de sus pulmones, según dijo en una entrevista meses después. Del hospital, no obstante, la mandaron a su casa con la orden de aislarse.

“Un día me faltó tanto el aire que pensé que me moría”, relató la mujer. “Por suerte, me recuperé”.

La respuesta del gobierno a la pandemia fue caótica. El exsecretario de salud del estado de Río fue arrestado bajo sospecha de cometer fraude en la compra de respiradores.

Y la policía federal allanó la mansión del gobernador el 26 de mayo en conexión con denuncias de irregularidades en la construcción de hospitales de campaña para atender a las víctimas del COVID-19. Meses después de que el gobernador prometiese construir ocho instalaciones, solo dos están funcionando. La municipalidad construyó otro hospital de campaña que funcionaba al límite de su capacidad.

Si bien el gobernador estatal y el alcalde de Río dispusieron medidas acordes a las recomendaciones de los expertos, el presidente Jair Bolsonaro restó importancia al COVID-19. Lo describió como un “resfriadito” y alentó a la gente a que no se quedase encerrada. Los pobres, afirmó, tendrían que sobrellevar grandes penurias de hacerlo.

Sus palabras tuvieron mucho eco en la parte occidental de Río, donde tiene su residencia privada, obtuvo tres cuartas partes de los votos en las elecciones del 2018 y sigue siendo muy popular, según Henrique Santos, profesor de servicios sociales en la Universidad Castello Branco adyacente a la Vila Vintem. Las calles de la favela se llenaron de residentes que, al ver sus despensas vacías y ansiosos por volver a la normalidad, acataron las exhortaciones del mandatario.

Baracho estuvo de acuerdo. Pero durante la competencia para elegir el himno de la escuela para el carnaval del 2021, pidió a los participantes que no corriesen riesgos innecesarios.

“Esto no se acabó para nada”, dijo el médico en el galpón casi vacío, dirigiéndose a miles de personas que veían el concurso por las redes sociales.

“Vamos a seguir las recomendaciones, a usar desinfectantes para las manos, a evitar los contactos sociales. Eso es importante. Vemos que la gente se está relajando. En la televisión vemos que los bares están muy llenos. Eso tendrá un costo. Todos quieren salir, sí… Así somos en Río, así es nuestro pueblo, nuestro país. Pero tenemos que resistir un poco más”.

Baracho usa la ambulancia para visitar a los residentes de Vila Vintem, en la esperanza de convencerlos de que no salgan de sus casas. Un día la usó para distribuir 80 bolsas de naranjas donadas. Distribuyó pan de la panadería pegada a su casa. Llevó kits alimenticios de la UNICEF al patio de una escuela y la gente lo ayudó a distribuirlos entre los residentes.

Así como Unidos pide a los comerciantes de la zona aportes para el desfile de carnaval, Baracho solicitó ayuda para pagar por alimentos. Negocios sin efectivo colaboraron con productos como aceite para cocinar y arroz.

Como trabajador de la primera línea de combate contra el virus, Baracho sabe que era un posible portador, incluso después de contagiarse y recuperarse del COVID-19. Cuando visita a su madre, quien tiene 81 años y presión alta, se queda en la entrada. La saluda desde unos tres metros (diez pies), a la sombra de un anacardo.

Río de Janeiro / Brasil

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