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En Clarines, el agua potable “brilla por su ausencia”

El agua en Clarines llega acompañada de lodo en los momentos en los que se reactiva la distribución / Foto: Cortesía

Contar con el servicio de agua potable es un lujo para los habitantes de Clarines, pues como dicen algunos de sus pobladores el recurso hídrico “brilla por su ausencia.

Para Antonio León, docente jubilado de 58 años, el problema perjudica principalmente a los vecinos de la urbanización José Antonio Anzoátegui, donde reside actualmente.

“La falta de agua en el municipio Bruzual nos genera bastante incomodidad. En los sectores I y II de José Antonio Anzoátegui tenemos un mes y medio sin el vital líquido y eso afecta a tres mil personas. Es parte de la realidad que viven los venezolanos”, explicó León, mientras cambiaba los cauchos de su automóvil en un local de la zona oeste del estado Anzoátegui.

La causa de la falla de distribución es la inactividad de la planta potabilizadora Santa Clara, algo que al educador le resulta insólito en tiempos de coronavirus, porque la higiene personal es vital para evitar contagios.

“La planta Santa Clara está paralizada y eso es inconcebible, sobre todo, porque estamos en plena época de lluvias y no existe la excusa de la resequedad. Soy testigo de cómo el río Unare se encuentra desbordado y a pesar de eso no llega el agua a los hogares”.

Ante la sequía, los afectados tienen que “desembolsar” grandes sumas de dinero para poder cocinar y limpiar.

“Cada cisterna nos vende agua en 20 dólares y, con esta crisis, realmente no sé quién puede tener esa cantidad de divisas de forma regular. Esto dificulta bastante que la gente común pueda vivir”.

Sin respuestas

Hasta los momentos, los funcionarios de la compañía Hidrológica del Caribe (Hidrocaribe) de Bruzual no emitieron respuestas sobre la situación en Clarines, donde los individuos tienen dificultades para conseguir gas doméstico y se aplican cortes de electricidad casi a diario.

La falta de agua ya trajo consecuencias para los ciudadanos, tal y como explica Sumaya Gómez, ama de casa que a sus 39 años fue testigo de cómo un familiar se enfermó por esa causa.

“Hace 15 días mi sobrino de 3 años presentó un hongo en la piel y el pediatra nos dijo que esa enfermedad fue causada por la falta de agua. Eso pasó porque nosotros duramos hasta dos semanas y media sin servicio y cuando por fin nos llega el líquido sale muy sucio”, relató Gómez, residente de El Paraíso.

La dama optó por adquirir cinco tambores grandes para almacenar una mayor cantidad de agua. La idea contar con el elemento para cubrir las necesidades durante más tiempo.

“En mi casa vivimos cinco personas y, gracias a Dios, podemos bañarnos porque tenemos un buen número de recipientes. Sin embargo, en zonas como María Angélica no se corre con la misma suerte. Allí, si acaso, cada familia posee un tambor y hay muchos niños. Realmente no sé cómo hacen para rendir el agua en sus casas tantos días”.

Gómez se quejó de la falta de asfaltado de las calles de El Paraíso, pues cuando hay precipitaciones, como ahora, el lugar parece un lodazal.

“Las calles se llenan de barro cada vez que llueve y ningún organismo hace nada para asfaltarlas y evitar que caminemos por un chiquero”.

Inventiva

Ante la escasez de agua, Aura Martínez, mujer de 41 años dedicada a los oficios del hogar, contó que los ciudadanos del barrio El Geriátrico, situado cerca de un recinto dedicado a la atención de los adultos mayores, inventaron un mecanismo para no quedarse con sus recipientes vacíos.

“Desde hace dos meses no tenemos agua en las tuberías y por eso decidimos crear un sistema para sacar líquido del río y que llegue directamente a los hogares. Con eso podemos cumplir nuestras tareas como limpiar la casa”.

El agua, cuya molécula está compuesta por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, que se obtiene desde el afluente no es apta para el consumo humano, porque llega acompañada de barro.

En vista de esto, Martínez y los integrantes de las otras 200 familias asentadas en El Geriátrico aguardan, con ansias, la llegada de las lluvias para sacar sus baldes, acumular agua y usarla para preparar alimentos. Previamente hierve el líquido.

A su juicio, mientras Hidrocaribe no ofrezca soluciones y Venezuela siga en hiperinflación, la inventiva popular se pondrá a prueba en cada ocasión para que la gente halle las maneras de “sobrevivir”.

“Hay que adaptarse. Hacemos esto porque, hasta hace un par de semanas, un botellón de agua costaba 100 bolívares y con la locura del dólar (cuya cotización en moneda nacional experimenta variaciones constantes) no me imagino cuánto costará. La verdad es que habría que ser millonario para comprar agua y tenemos que sobrevivir”, indicó Gómez.

Clarines / Joseph Ñambre

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