Tiempo Libre

José Gregorio Hernández: Un beato de hazañas y devoción

José Gregorio Hernández murió hace 102 años en La Pastora / Foto: Cortesía

La vida de José Gregorio Hernández lo sigue haciendo merecedor de honras. El pasado 30 de abril, el también conocido como “Médico de los pobres” fue declarado oficialmente como el  cuarto beato de Venezuela y como el primer laico en ser reconocido como tal.

La feligresía venezolana, que no pudo volcarse a las calles por las restricciones derivadas de la pandemia de coronavirus, festejó en sus parroquias y en sus corazones la buena nueva de la iglesia católica.

Tras más de 70 años de espera, desde que se hizo la apertura del proceso, una causa tan justa para los fieles venezolanos, acercó al doctor trujillano un poco más a los altares del cielo.

Mientras tanto, quienes creen en su enorme bondad y tienen fe en su sabiduría recuerdan y celebran los favores concedidos en su nombre.

Hace más de una década, Norma Rodríguez tuvo un accidente doméstico de complicadas consecuencias. Había agua en el piso,  tocó un cable y recibió una fuerte descarga eléctrica. La energía la lanzó y provocó una caída que le generó una lesión en cabeza y la columna vertebral.

A pesar de que quisiera dar más detalles de lo ocurrido, manifiesta que tiene pocos recuerdos sobre el episodio y lo que viene a su mente son imágenes borrosas de “un doctor que me tocó las manos y mientras me examinaba, yo sentía sus manos como unas esponjitas. Le vi su traje negro, una bata blanca y bigotes. No tenía sombrero, pero usaba el corte de cabello muy bajito”, relata Rodríguez.

Su diagnóstico no era sencillo, los especialistas dijeron que si no la mató la corriente, pudo haberlo hecho el fuerte golpe que se dio. “Baceli”, como le dicen cariñosamente sus hijos, volvió a nacer. 

Una vez estable, conversando con su madre, la nativa de Maturín le preguntó por aquel doctor que le brindó esos primeros auxilios, pues no volvió para una segunda revisión.

La mamá le dijo que solo la habían atendido dos médicos, hombre y mujer,  los mismos que siguieron pendiente de su cuadro clínico, lo que despejó sus dudas acerca de lo que suponía por el momento. La señora le aseguró que allí no había entrado más nadie, salvo los doctores y algunas enfermeras. 

Ella asumió también que la gravedad de sus lesiones podría haberle generado una confusión.

Su sorpresa y admiración la invadieron al ver con claridad las facciones de los especialistas que la asistieron. Ella estaba convencida de que los profesionales que se estaban encargando de su caso no tenían “nada que ver” con el que estuvo con ella apenas después del accidente.

 Aún con escalofríos por la emoción que ello le produce, esta ama de casa comenta que después de la intervención de ese doctor misterioso, ella empezó a mejorar o a recobrar la consciencia.

Ella siente y asume que fue él, José Gregorio Hernández, quien la acompañó aquel día trágico y quien ya la protegía desde que era una niña.

Y es que de pequeña, Norma encontró en su casa una figura de José Gregorio y en sus andares de juegos y travesuras, él siempre la acompañaba, como un juguete más. Desde entonces ocupaba un lugar importante en su vida y ahora más por esta nueva oportunidad que Dios y su médico favorito le regalaron.

La inocencia hecha milagro

Camila Del Valle se llama así porque nació el día de la Virgen del Valle, pero no solo es devota de la patrona de Oriente. Pocos años después de su nacimiento encontró un gran motivo para agradecer a otra figura del catolicismo venezolano: José Gregorio Hernández.

Tenía tres años cuando fue ingresada en el Hospital Metropolitano de Maturín, por una piodermitis, una enfermedad cutánea capaz de trascender a los pulmones y afectar éstos y otros órganos vitales.

“Los medicamentos que me recetaban no me hacían efecto ni detenían las complicaciones de lo que yo tenía. Los médicos ya no encontraban qué hacer y no daban una solución real”, cuenta García, quien hoy tiene 17 años.

Su pronóstico era reservado y buscaban a más especialistas que pudieran hallar algo que les diera luces de cómo ayudarla, mientras el problema seguía avanzando. La desesperación y la angustia se habían apoderado de sus seres amados cuando de pronto vino la recuperación.

Un día de estudios de actualización de diagnóstico, ya no mostró nada anormal. Así sin más, no parecía haber más nada de qué preocuparse. Los médicos fueron a la habitación de la pequeña con  la noticia, sin poder explicarse como de la noche a la mañana el estado de salud había mejorado tanto.

“Un señor de sombrerito vino a visitarme y me dijo que él me iba a curar”, les expresó la niña. Sus familiares creyeron que había soñado con su abuelo, quien solía usar este tipo de prenda de vestir.

Pasó un poco más de tiempo en observación y, sin entender del todo la situación, no hubo más que darla de alta. Con mucha alegría, los padres recogieron todo para irse a casa, pero en el camino se llevaron una nueva sorpresa. 

En la salida del centro de salud había un vistoso altar con varios santos a los que las personas elevaban sus oraciones por la sanación de sus parientes allí hospitalizados.

“Mira, ese fue el señor que estuvo en la habitación y me curó”, dijo Camila mientras señalaba la figura de yeso de José Gregorio Hernández. Sus papás, conmocionados, reconocieron que estaban frente a un milagro, y desde entonces agradecen al “señor de sombrerito” que visitó a su hija y le devolvió la salud.

El doctor, oriundo de Isnotú, murió el 29 de junio de 1919, al sufrir una hemorragia cerebral después de ser atropellado por un vehículo cuyo conductor se llamaba Fernando Bustamante. El accidente ocurrió en la esquina de Amadores de La Pastora, Caracas.

Puerto La Cruz / Oriana García

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