Osaka remonta ante Azarenka, gana el US Open por segunda vez

Tras errar en un tiro de derecha durante el primer set de la final del Abierto de Estados Unidos, Naomi Osaka miró a su entrenador, quien estaba en una de las pocas butacas ocupadas en el estadio Arthur Ashe.

La japonesa se encogió de hombros y levantó las palmas, como para preguntar: “¿Qué rayos está pasando?”.

El panorama empeoró segundos después. Otro tiro desviado frente a Victoria Azarenka provocó la furia de Osaka. Arrojó la raqueta, que dio unos cuantos giros antes de caer en la cancha.

Inusitadamente errática en el comienzo de la final del sábado, Osaka parecía al borde del colapso. De pronto, mejoró su desempeño, y Azarenka simplemente no recuperó jamás el control del duelo, si bien tampoco dejó de pelear.

Osaka remontó para imponerse por 1-6, 6-3, 6-3, con lo cual conquistó su segundo campeonato del US Open y su tercero de torneos del Grand Slam.

“Simplemente pensé que sería muy vergonzoso perder en menos de una hora”, señaló Osaka, quien se dejó caer de espaldas a la cancha tras asegurar el triunfo y permaneció tendida por varios segundos.

Había pasado un cuarto de siglo desde la última vez que la mujer que perdió el primer set de una final del US Open terminó ganando. Fue en 1994, cuando la española Arantxa Sánchez Vicario lo logró ante la alemana Steffi Graf.

Toma y daca

El duelo fue de toma y daca. El desenlace no fue evidente ni siquiera cuando Osaka tomó una delantera de 4-1 en la tercera manga.

En el siguiente game, tuvo cuatro break points. Si convertía uno sólo tenía la oportunidad de sacar en 5-1 para finiquitar el partido.

Azarenka no se dio por vencida. La bielorrusa sobrevivió y logró un rompimiento que la aproximó a 4-3.

Pero Osaka recuperó el control y se cubrió el rostro cuando ganó el punto decisivo.

“En realidad, no quiero jugar contigo en más finales”, señaló una sonriente Osaka frente a Azarenka después del encuentro. “No lo disfruté”.

La joven de 22 años, nacida Japón y quien se mudó a Estados Unidos a temprana edad, tiene otro trofeo de las grandes citas, que hace juego con el del US Open de 2018 -cuando se coronó con un brillante desempeño en medio de una final caótica ante una disgustada Serena Williams- y el del Abierto de Australia de 2019.

Los más de 23.000 asientos en la arena principal de Flushing Meadows se quedaron vacíos en su mayoría. No se permitió el ingreso de público por la pandemia de coronavirus.

Al menos, unas decenas de personas que trabajaron en el certamen pudieron asistir, y el inmenso recinto no estuvo tan silencioso.

Sin ovaciones

Tampoco es que hubiera ovaciones estruendosas. Tan sólo unos cuantos aplausos de cortesía.

Osaka ingresó en la cancha con una mascarilla negra, en la que estaba impreso el nombre de Tamir Rice, un chico negro de 12 años, muerto por la policía en Ohio en 2014. La joven asiática llegó a Nueva York con siete cubrebocas que llevaban los nombres de víctimas negras de la violencia.

Usó un barbijo distinto en cada partido, rindiendo honores a Breonna Taylor, Elijah McClain, Trayvon Martin, Ahmad Arbery, George Floyd y Philando Castile.

“El objetivo es que la gente comience a pensar en esto”, indicó Osaka durante la ceremonia de premiación del sábado.

Nueva York / Howard Fendrich / AP

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