En San Félix subestiman los efectos del coronavirus y flexibilizan la cuarentena

Las dos urbes que componen Ciudad Guayana están totalmente divididas: patrullas de la Policía regulan el paso entre Puerto Ordaz y San Félix. En cada avenida hay funcionarios policiales controlando el paso, el flujo de vehículos es casi nulo, sobre todo por la avenida Angosturita. Al cruzar el puente hacia San Félix se ven unos vendedores de pescado a las orillas de la carretera, pero ni un solo comprador.

Un basurero es lo que da la bienvenida en una de las entradas del centro de San Félix, mientras una señora y un perro hurgan entre los desperdicios. A pocos metros alrededor de ocho personas hacen cola para comprar alimentos desde uno de los comercios más alejados a la aglomeración de ciudadanos.

“Oro y dólares, oro y dólares” se escucha al caminar en medio de la calle. Dos jóvenes compran y venden desde una de las aceras del mercado, frente a ellos continuamente se paran y salen autobuses, mientras rápidamente suben y bajan personas. ¿Alguna prevención? Ninguna. No se observa algún tipo de limpieza en las unidades y los pasajeros en su lucha por conseguir un puesto desatienden las recomendaciones de distanciamiento social, reseñó Correo del Caroní.

Amisabel Mendoza está sentado en un banco naranja mientras se recuesta con sus dos termos de café en uno de los negocios cerrados por la cuarentena. Antes que su situación económica se viera afectada trabajaba preparando pintura en una tienda, hasta que vio que la venta informal podía conseguir más dinero que en su labor habitual.

Tener dos hijas lo ha obligado a trabajar de domingo a domingo, sin embargo, describió como horrible las ventas durante las tres semanas de cuarentena. Redujo sus horas de trabajo hasta el mediodía y el aumento de los precios le han generado pérdidas en la inversión.

Amisael tuvo que reducir los alimentos que consume al día y en cuanto a las siete millones de cajas del Comité Local de Abastecimiento y Producción (CLAP) prometidas por Nicolás Maduro ninguna fue para beneficiarlo. “Eso es mentira, a muy poca gente le he escuchado que le ha llegado, eso es mentira de Maduro… ese tipo es puro bláblá”, comentó con molestia Mendoza.

Reina el caos

Vendedores no dan buen uso de la mascarilla, algunos ni la poseen. Varios, al ver a funcionarios de Guardia Nacional Bolivariana (GNB), es que se disponen a acomodarse el tapabocas o hacer uso del mismo para no ser detenidos. A pesar del patrullaje de funcionarios de seguridad y del cierre de algunos comercios en días anteriores, algunas ferreterías y venta de repuestos mantienen abiertas sus puertas pese a no estar incluidos en la priorización dictada por autoridades estatales.

En la calle se ven personas de todas las edades. Desde niños vendiendo hortalizas en carretillas de madera hasta ancianos buscando comprar comida que sin tener otra opción se vieron obligados a romper la cuarentena. “No tengo casi nada en la casa de comida”, comentó Ramona Márquez, persona de la tercera edad.

La señora ha tenido que salir pese a las condiciones porque sus hijos tuvieron que viajar al sur del estado a trabajar como mineros. Aunque pese a la cuarentena han trabajado hasta el mediodía, ella ya gastó los ahorros que tenía.

Buhoneros, tanto de ropa como calzado, siguen vendiendo sin ningún impedimento en plena calle. La frase: “Si no nos mata el coronavirus, nos mata el hambre” se ha vuelto las más mencionada por los vendedores informales, quienes incluso se han rebuscando ante las nuevas necesidades de las personas.

“Todos los días tengo que salir a la calle a buscarle la comida a mis hijos, es tremendo”, manifestó Lenin Fernández mientras vende mascarillas caseras exhibidas en un gancho de ropa. La alimentación de su esposa y de sus cinco hijos actualmente recaen sobre él y lo que consigue es vendiendo en el día.

Al comienzo de la pandemia la demanda por mascarillas era alta. Ahora puede vender entre 10 y 15 tapabocas diarios, sobre todo cuando pasan funcionarios exigiéndoles a los demás vendedores su uso. La venta de estos le puede generar entre 20 y 10 mil bolívares de ganancia en cada uno, lo que lo ayuda en la compra de alimentos.

El mayor temor de Lenin es enfermar a alguno de sus cinco hijos: “Ya yo he vivido bastante, pero ¿y mis hijos?, ellos dependen de mí”, comenta preocupado ya que no cree que haya una cura pronta para la enfermedad y tenga que seguir trabajando en estas condiciones de peligro tanto para él como para su familia.

Pérdidas

La inflación acumulada y registrada por la Asamblea Nacional (AN) alcanza la cifra de 145% en lo que va de año y trabajar pocas horas tampoco permite reponer la mercancía vendida. Para algunos todo esto se va en alimentos, llevando a la disminución de su inventario.

Este es el caso de Francis Gómez, vendedora informal de calzado. Trabaja los días estrictamente necesarios. Si tiene que comer se queda en casa, pero si no, sale a vender lo que tiene para comprar: exclusivamente alimentos que le permitan aguantar unos días más. A pesar de ello, teme llegar a un punto en el que el descenso de las ventas, sumado a los mismos gastos, no le permita reponer mercancía con que mantenerse.

Aunque entiende que su producto no es prioritario en la cuarentena es la única forma que tiene para comprar alimentos, tanto para ella como para sus dos hijos. “Creo que ellos -funcionarios de seguridad- también entienden la situación que está pasando”, relató en referencia a las ventas que han hecho delante de funcionarios de seguridad del Estado.

Francis es de las pocas que tiene una taza con jabón azul y agua para lavarse las manos. Lo aplica como medida preventiva después que atiende a cada cliente, sin embargo, muy distinto a ella, hay mucho más que hacen caso omiso de las previsiones.

Personas comen en los puestos de comida rápida con la mascarilla en el cuello. Otros se la quitan para poder fumar tranquilos. Algunos en el saludo se dan la mano y se besan, otros se sientan en las aceras transitadas sin importar las condiciones de salubridad a las que se exponen. “¿Cómo quieren que la gente se quede su casa?”, dijo uno de los vendedores informales mientras con su mano hacía referencia a que es la única forma que tienen para comer.

Miguel Antonio Blasid se mantiene agachado lustrando unos zapatos en la Plaza Bolívar. Desde los 7 años realiza este oficio, pero hoy con 52 está pasando “las verdes y las maduras” por el miedo que ha generado la pandemia en las personas. Este martes salió a las 5:00 de la mañana a trabajar: a penas a las 11:30 atendió su primer cliente.

“Yo no hallo qué hacer”, comentó preocupado al tan solo haber ganado 50 mil bolívares en lo que transcurría el día, dinero que no le alcanza para comprar ningún producto dado los altos costos. Aunque ha recibido los alimentos de las cajas CLAP, muchos de estos no han llegado completos de acuerdo al peso debido.

Mantiene su mascarilla en la barbilla porque le dificulta respirar: es asmático. Se encomienda a Dios para no ser contagiado y espera una pronta solución a la pandemia para continuar trabajando y comprando los pocos alimentos que le permiten sobrevivir.

Falta de gasolina

Aparte de los médicos y productores agropecuarios afectados por las fallas en el suministro de la gasolina también los mototaxistas de las líneas ubicadas en la Plaza Bolívar de San Félix son los otros perjudicados.

Muchos han tenido que reducir el gasto que le dan a sus motos para dedicarlo a algo que en verdad le genere ingresos.

San Félix / Correo del Caroní

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