El viaje a la frontera en una semana rígida

Las fuertes restricciones durante la semana rígida ciertamente no facilitan traspasar la frontera colombo-venezolana, y solo causas de fuerza mayor, relacionadas en particular con la salud, obligan a cruzar a través de al menos cinco alcabalas, cada una a cargo de un organismo de seguridad que opera en la región, pero si no logran alcanzar de las autoridades el permiso de acceso al canal humanitario, solo queda la trocha como opción, informó La Nación.

Contrario a semana flexible, cuando incluso están activas unidades de transporte suburbano y los automóviles particulares gozan de mayor libertad de movilización, bajar desde San Cristóbal a San Antonio o Ureña guarda alguna similitud con el mito griego del Descenso a los Infiernos, para el cual a los héroes decididos a emprenderlo se les recomienda cargar un óbolo o cantidad pequeña de dinero que se da como limosna o donativo para contribuir a un fin benéfico. –en este caso, mejor varios-, y no aplicar mucha curiosidad a lo que sucede a su alrededor. Un consejo que cabe, tanto para conductores como para quienes ya como peatones toman rutas alternas para llegar al destino final.

Podría pensarse que la semana rígida significa una oportunidad de ganancias para las rutas “piratas”, pero como aclara uno de los choferes, “lo hacemos para sobrevivir”. Pasajes entre los 30 mil y los 40 mil pesos –dependiendo de la hora del día-, no resultan atractivos para los pasajeros, y eso lo saben los taxistas; pero se justifican diciendo que en el camino hay gastos, y más si se les descubre en labores que para esos días no están permitidas.

—Al día, más o menos, hacemos un viaje de ida y otro de venida, y no siempre con cupo lleno. Muchos conductores solo necesitan bajar a Cúcuta y entonces aprovechan a cargar pasajeros, aunque eso es un peligro, pues uno no sabe quién anda por el camino –comentó un conductor cuyo nombre prefirió no revelar.

A la entrada de Capacho Viejo se aposta la primera alcabala y desde ahí, hasta San Antonio, pueden haber hasta dos o más móviles; pero dada la poca afluencia vehicular, en ellas no se forman colas; solo en el puesto de la GNB (Guardia Nacional Bolivariana) en Peracal, el día martes, hubo un pequeño congestionamiento, que luego de ser superado, a pocos metros un contingente de la PNB realiza una requisa, que se remite metros más adelante en el antiguo Peaje.

Por las trochas

En semana rígida, el aspecto de San Antonio luce desolado. Regresar de allí, hasta San Cristóbal, constituye otro gasto: los pasajeros, sobre todo los más acostumbrados, prefieren esperar un rato, hasta dar con un chofer que se conduela de su mermado bolsillo. Sin embargo, si la noche los toma por sorpresa, las posibilidades para negociar son mínimas, o no hay otra, sino esperar al otro día.

Quien llega por primera vez a esa población fronteriza, o si lo hacía antes de la pandemia, puede ser que se desoriente a la hora de hallar una salida hacia Colombia. Por el Puente Internacional Simón Bolívar podría hacerlo si justifica motivos médicos, existiendo preferencia para mayores de 50 años con deseos de aplicarse la vacuna contra el covid-19; solo a ellos, debidamente registrados, se les autorizará en un plazo de un día el regreso por la misma vía.

Pero a quienes se les vede el puente, la única solución se orienta por las trochas. Para llegar a ellas se le puede pagar a un baquiano, y eso se justifica con maletas a cuestas, o preguntando a los lugareños, cuando no seguirle el paso a una sospechosa y pequeña romería de paso seguro.

El número de trochas por la frontera entre el Táchira y Norte Santander no se define con exactitud, y hay algunas preferidas por los viajeros consuetudinarios. Hablar de destruir una trocha resulta inexacto, en tanto que más que un camino, ella consiste, por lo general, en una gran extensión yerma, actualmente adaptada para permitir una marea humana, que en semana rígida, por supuesto, se calma. Muchas de esas trochas no nacieron con la pandemia, ni con el cierre de los puentes internacionales; su origen se pierde en el tiempo y sirvieron para el contrabando de extracción, desde Venezuela, de combustible y productos de la canasta básica. Ahora están dispuestas para funciones similares, pero en sentido contrario.

—Acá me siento más segura que en San Antonio o La Parada, hay “control”–se atrevió a decir una señora luego de salir de la trocha, pues ya dentro de ellas es preferible no lanzar comentarios indiscretos.

Un control que tiene una ley ineluctable, no hacer uso de dispositivos electrónicos para comunicarse, y menos para captar imágenes, sobre un paisaje que poco o nada merece ser contemplado.

—Me dio hasta pena con una señorita, no sé si era periodista, que se puso a sacar fotos, creyendo que nadie la estaba viendo. De nada le valió rogar para que le devolvieran el celular. Hay carteles por todos lados que advierten que eso no se puede hacer. A ellos no les importa quedarse con los equipos y, a veces, solo ordenan que los lancen al río.

Umbrales

Más que territorios, las trochas se trazan sobre umbrales de soberanía, en las trastiendas de zonas residenciales que dan a lotes aparentemente deshabitados, pues es fácil encontrar en ellos ranchos de cañabrava, con uno que otro animal de pastoreo.

Averiguar sobre la jurisdicción de esos parajes, no despierta el interés del transeúnte, y menos la identidad de quienes piden “colaboración”, a la medida del tamaño de la “maleta”. Al caminante solo debe preocuparle un paso seguro y ligero, a veces al tenor de conversaciones intrascendentes para desestresarse, una especie de competencia a campo traviesa que puede tomar 10 o 20 minutos, o quizá una hora o más.

Realmente, el que ejerce mayor autoridad para determinar si se pasa o no la trocha es el río Táchira, y para burlar su traicionero curso, en no pocas ocasiones turbulento, se inventan las mil y una, sean puentes colgantes improvisados o con sacos rellenos; en otros lados se usan lanchas y, de ser necesario, el viajero se carga a tuche en espaldas de algún “trochero”. También hay tramos en los que las aguas negras y malolientes han obligado al uso de pequeñas pasarelas.

San Antonio del Táchira / Freddy Omar Durán /La Nación

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